Ángeles disfrazados

“No seas inhospitalario con los desconocidos, podría tratarse de ángeles disfrazados”

La primera vez que fui a París, aunque pude ver que era un lugar donde la belleza y armonía se despliegan a sus anchas, no encontré esa magia de la que la mayoría de la gente habla mientras sonríen con ojos brillantes y abiertos de par en par desde que pronuncian su nombre. Sin embargo, en esta ocasión, fue diferente.

Caminaba por la ciudad, ese día en particular con un destino fijo. Atravesé la Île de la Cité, dejando atrás a la Catedral de Notre Dame. Crucé uno de tantos puentes para poder pararme en la ribera izquierda del Sena y tener el suelo del Barrio Latino bajo mis pies, los que comenzaban a emocionarse con la idea de recorrer las mismas calles que en sus días lo hicieran Jorge Luis Borges, Julio Cortázar o Ernest Hemingway; descubriendo quizá esa capital francesa que ha encantado a tantas letras, sirviendo de escenario y protagonista en varias obras literarias.

No sé si la nueva perspectiva se comenzó a crear cuando deambulaba sola por sus calles al estilo de la Maga o con el respiro que me brindó el contraste entre sus pasos meditados y la vida arrolladora e imparable de Londres. De lo que sí estoy segura es del momento en el que supe que, de ahora en adelante, contaría al territorio parisino como uno de mis favoritos. Ese instante tomó forma en aquel barrio literario, justo al inicio de mi recorrido, en una librería ubicada en la calle de la Bucherie con vistas a la morada de El Jorobado de Victor Hugo.

Decir que encontré a Shakespeare and Company por casualidad sería una mentira. Ya había oído hablar de ella por cuenta de varios booksellers londinenses como una de las tiendas de libros tradicionales de París con la particularidad de que sus trabajadores viven en el mismo recinto. Con dirección y mapa en mano llegué a ésta, una de mis paradas obligatorias para ver qué es aquello que maravilla a los que trabajan en el comercio de libros de la capital inglesa.

Una vez allí me abrumó la confusión que encontré en la entrada. Al cruzar la puerta lo primero que ví fue el escritorio principal, que es la misma caja, donde dos vendedoras de rasgos poco franceses y más anglosajones, vestidas con ropa sencilla y sacos de lana, hablaban tranquilamente mientras bebían café. A su alrededor se movía una multitud compuesta en un primer vistazo por turistas y curiosos como yo, algunos con guías entre las manos. La segunda cosa que noté, fueron las enormes estanterías llenas de libros mayoritariamente en inglés que seguían un patrón caótico que me hizo pensar si sería posible encontrar algo específico con facilidad.

El gentío y el desorden casi me hacen retroceder y abocarme de nuevo a las calles de París. En ese momento sólo podía ver una librería vieja que únicamente despertaría pasiones a los profundos amantes de los libros. Sin embargo, decidí adentrarme a explorar. Tres pasos más allá escapé de la muchedumbre y comencé a ver cómo los anaqueles se repetían por todas las paredes de las habitaciones, y que la falta de espacio había llevado a acumular textos, uno encima del otro, en el suelo, rodeando sillas, sofás y muebles que parecían camas. “No seas inhospitalario con los desconocidos, podría tratarse de ángeles disfrazados”, decía un cartel que sobresalía en un pared desde la cual colgaban fotos, artículos, recortes y anuncios que ofrecían desde clases particulares hasta habitaciones para alquilar.

En seguida, comencé a sentir algo que se me antojó mágico y mis sentidos se encontraron altamente estimulados por lo que estaba viendo. Miraba asombrada cada milímetro del lugar que estaba lleno y parecía hablar. A pesar de las obras que me miraban desde todos lo rincones contando sus historias, pero también las de dueños anteriores y la de su vida en aquellos anaqueles, no sentí ni un ápice de intimidación; es más, todo allí te invitaba a acercarte, a tocar, a leer, a ser parte de ese caos y a hacerlo tuyo. Si ese lugar fuera una persona, sería amistosa y transparente, pero aún había más por descubrir.

Subí una escaleras que tenían libros en sus bordes, en las cornisas. Cuando llegué al segundo piso encontré un cartel que informaba que los textos de esa planta no estaban a la venta, con excepción de los infantiles y los de cocina. Allí, obras de ficción y no ficción se presentaban a los visitantes para ser leídas, estudiadas, como en una biblioteca. En pleno siglo XXI, en el mundo occidental, un negocio que dedica un 50% de su espacio a no vender, me dejó sin palabras; era evidente que la generosidad se sumaba a las cualidades de esta librería.

En ese mismo piso encontré a dos personas sentadas sobre una cama charlando entre los títulos para niños. A la izquierda, un pequeña habitación inundada de libros y de silencio, adornada con un piano y dos camas en donde leían dos personas tranquilamente, ajenas al mundo y a los compradores, haciendo el espacio suyo. Saliendo de este cuarto, ví un cubículo en donde alguien golpeaba las teclas de una máquina de escribir mientras la gente pasaba a su lado yendo a la sala central, en donde por casualidad acababa de comenzar un taller de escritores de todos los estilos, llamado Los Otros. Desde ahí salía una voz en inglés con un fuerte acento italiano hablando sobre aquello que había escrito y presentaría al grupo ese día.

Encuentro complicado describir las sensaciones que me ocasionó estar en ese lugar, como siempre me pasa cuando algo me toca el alma. Nunca había estado en un sitio así, genuino, simple, sin pretensiones de ningún tipo, con un techo que cumplía su misión principal de dar resguardo y unos libros abiertos y dispuestos al servicio de la gente, como debe ser. Un espacio que podrías hacer tuyo si quisieras, como muchos otros parecían haber hecho, dejando rastros de sus vivencias, las cuales me susurraron dándome ganas de volver una y otra vez para descubrirlas y estudiarlas junto con las calles de París, aportando también las mías para que sean compartidas.

Al volver a Londres empecé a leer un libro sobre Shakespeare and Company y descubrí que lo que intuí cando estuve allí tenía fundamentos. El lugar ha absorbido tanta vida que es capaz de transmitir las sensaciones sin necesidad de tener a alguien para contarlas. Aprendí con el relato biográfico de Jeremy Mercer, entre muchas otras cosas, que había sido fundada en los años 50 por George Whitman, un estadounidense explorador del mundo, convencido del socialismo desde su principio central de comunidad que comparte y se centra en la cosas esenciales de la vida; quien vivía bajo el lema que titula esta columna y el de “Da lo que puedas, toma lo que necesites”. Whitman inició esta librería como biblioteca, expandiéndose a lo que es hoy, desde el principio siendo, sobretodo, un refugio para aquellos que no tienen dónde dormir en París, convirtiéndose en guarida para los escritores que buscan su musa en la capital francesa y dejan todo por ir tras ella.

No sólo pasaron por sus suelos y sus lechos personajes literarios como Anaïs Nin, William Burroughs, Henry Miller y J.D. Salinger, sino que era y aún es un centro de intercambio, de experimentar la vida simple y las manifestaciones humanas individuales compartidas en grupo, en donde se valora a los otros, se aprende de ellos. Es increíble pensar que exista un lugar así, en donde los desconocidos tienen siempre una taza de té y la puerta abierta. Encuentro admirable la vida de Whitman, cuyas maneras están reflejadas en ese punto parisino con vistas a Notre Dame, y son para mí un ejemplo. Qué más quisiera yo que tener su misma capacidad de poder desnudar la vida y simplificarla a lo más grandioso de ella.

“No hay mejor cosa en toda la Tierra que ésta: deambular a través del palacio del mundo a pie, caminar, bailar, cantar y leer; leer el Libro de la Vida”. – George Whitman