Frío en febrero

Por: Carlos Miguel García Jané

En su primera cita, para que todo fuera perfecto, bebieron un par de copas, echaron un par de risas, se contaron un par de secretos inofensivos, rozaron las manos en un par de ocasiones. Dieron un par de mordiscos rápidos y, cosa de dos, fueron al teatro.

(Se abre el telón. A la izquierda del escenario C. A la derecha, R. Miran en direcciones opuestas. Ambas personas al teléfono. Del fondo del escenario emerge una figura vestida de negro que impreca al público con estas palabras):

Figura: El diálogo que acontecerá en unos momentos transcurrirá durante unos pocos minutos. Ruego atención. Si para cuando los personajes cuelguen el teléfono absolutamente nadie ha reído, por favor, aplaudan. Si, por el contrario, todos han reído, por favor, aplaudan. (La figura desaparece).

(Suena un teléfono).

C: ¿Sí? ¿Quién es?

R: Soy yo.

C: (Silencio).

R: ¿Qué haces?

C: (Silencio)

R: ¿Todavía me echas de menos?

C: ¿Por qué llamas?

R: Pensé que me echabas de menos. Dime que me echas de menos.

C: ¿Por qué hoy?

R: Hoy es nuestro día.

C: Hoy es el día de todos. Nunca fue nuestro día. Nunca hubo tal cosa.

R: Nos conocimos un catorce que cayó en sábado y llovía ¿Te acuerdas?

C: En la cola del cine llovía igual para todos. Me perdí la peli.

R: (Silencio).

C: (Silencio).

R: Todavía me echas de menos.

C: ¿Llamas para decirme eso? Ya me lo has dicho. Puedes colgar.

R: Pensé que te reconfortaría.

C: Tus palabras nunca fueron ni alivio ni poesía. Lo que necesito es un cuerpo en mi cama, calor bajo las sábanas, alguien que prepare café por las mañanas. Y ahorrarme palabras.

R: Solías decir que disfrutabas de nuestras conversaciones en los bares, de nuestro planes de viaje, de nuestras siestas por las tardes. Trasnochar y faltar al trabajo.

C: Algo cambió.

R: Todo cambia.

C: Nada cambia.

R: ¿Estás con alguien?

C: (Silencio).

R: A eso me refiero. Todas la conversaciones condenadas a acabarse, las opiniones a resolverse, el amor a extinguirse. Te has llevado la llama en lugar de quemarme. ¿En qué te conviertes?

C: Decías que el amor no te importaba, que no conocías el aburrimiento. Pasé de ser tu vida a no poder compartirla contigo. Tus planes nunca cupieron en una hoja de papel y has acabado por excluirme.

R: Excusas. ¿Por qué razón debería mantenerte como perro fiel? Ya te dije, cambiaste. El plan no cambió, las circumstancias tampoco.

C: ¿Y qué crees que me hizo cambiar si nada cambió?

R: Tú.

C: Yo no cambié. Yo no sé quién es ese yo.

R: (Silencio).

C: No fue de repente, no te engañes.

(Transcurren unos minutos. C se levanta. Estira los brazos. Da vueltas alrededor de la silla y sobre su persona. Vuelve a sentarse. R deja el teléfono sobre la mesa. Coloca los codos sobre la mesa, saca morros y deja caer el peso de su rostro contra los dedos entrelazados).

R: ¿Pensabas en llamarme?

C: Iba a llamarte. Pensé que necesitabas escuchar una voz familiar.

R: No te molestes. Detesto lo cotidiano, lo habitual, lo familiar.

C: Mejor me callo entonces.

C mira estupefacto el auricular del teléfono. R intenta en vano tocar su hombro derecho con la punta la nariz.

R: ¿Sigues ahí?

C: Sigo aquí.

R: ¿Por qué no cuelgas?

C: Fuiste tú quien llamó. Creí que querías decirme algo y no encontrabas manera.

R: La verdad es que no tengo nada que decirte.

C: La verdad. (Silencio). ¿Aún me quieres?

R: Creo que sí.

C: Porque no tienes a nadie.

R: Porque he envejecido.

C: Porque las juegas no son sinceras.

R: Porque nadie se me acerca.

C: Porque nadie llama por teléfono.

(R levanta el aparato y, lleno de rabia, se muerde el labio. Con un gran gesto quiere estrellar el teléfono contra el suelo. Sin embargo, deja escapar un rugido gutural e hincha las narices. C baja las cejas e invierte la U de sus labios).

C: ¿Por qué no has venido en lugar de llamar?

R: Te incomodaría. Pensé que no abrirías la puerta.

C: Y estás en lo cierto.

R: (Silencio).

C: Creo que has llamado para asegurarte que no fuera yo quien estuviera de camino o para no hacerme pasar el mal trago de pretender no estar en casa cuando llamaras.

R: (Silencio).

C: ¿Desde dónde llamas?

La obra continuó en este tono.

(Una figura negra emerge desde el fondo del escenario, camina lentamente hasta C y coloca sus manos en sus hombros. Una segunda figura negra aparece y hace exactamente lo mismo en R. Al unísono recitan.)

C: Cuelga.

R: No. Cuelga tú.

C: ¿Colgamos a la vez?

R: Colguemos a la vez.

C: ¿Me llamarás mañana? Anda, llámame mañana.

R: ¿Quieres que te llame mañana? Si quieres, llámame tú.

(C y R cuelgan a la vez. Se cierra el telón).

Nadie aplaudió. Al salir del cine la pareja, ahora cogidos de la mano y sonrientes, comentan que les ha encantado la obra. La cotidianeidad. Una pareja mayor les mira, se miran entre ellos diciéndose “esos no han entendido nada”, y confiesan el uno al otro que les ha encantado la obra porque la han entendido perfectamente aunque reconocen resignados que toda comprensión llega tarde en la vida. La pareja de jóvenes pasean cogidos de la mano sin hablar. La pareja mayor se alejan cogidos de la mano sin hablar. Cada silencio es un dolor sincero y un consuelo.