El triunfo de los sentidos y el fracaso del amor

El tema propuesto por Arte Libertino para la convocatoria de relatos de este mes no paró de perseguirme, susurrándome cosas al oído sin mi permiso, en el trayecto al trabajo y antes de dormir. Ese concepto de “amor líquido” que nos empapa y después se evapora sin más, que no podemos retener, que se nos escapa, que se seca dejando, si tenemos suerte, una que otra mancha o un ligero sabor; llamó inevitablemente mi atención hasta obligarme a convertirlo también en el tema de mi columna.

El filósofo polaco Zygmunt Bauman caracterizó a la modernidad por su estado sólido, en el que las libertades se sacrificaban en pro de la seguridad. En contraposición, le dio la fluidez del agua a esta época, nuestra post-modernidad, en donde toda estabilidad es sacrificable a cambio de nuestra libertad: libertad de ser, vivir, sentir cada fibra que compone el ser humano, explorar y dejarnos llevar por nuestros sentidos que, curiosos, estimulados y ansiosos, piden más, cada vez a mayor velocidad. Esto genera una sociedad flexible, en la que nada se da por hecho y el cambio a pasos desmesurados y nuestra capacidad de adaptarnos a éste es lo que nos rige.

En los últimos años de mi vida, no sé si por razón de la edad o de la ubicación, sólo puedo ver alrededor la predominancia de nuestros sentidos sobre el amor. Desde que vivo en Londres he encontrado aquello de lo que habla la teoría de Bauman: lo líquido de la sociedad postmoderna, la que va a velocidades apabullantes mientras cada uno explota su individualidad; si no entras en este ritmo, te destroza o te haces invisible mirando, desde un lado, la vida pasar.

Las relaciones comienzan en la cama. Después entra en juego una ecuación en la que la disponibilidad de tiempo para compartir y el nivel de soledad son los factores principales que resuelven la incógnita de si los encuentros fugaces se extenderán más allá de las sábanas. Todo, con una derivada positiva de la conveniencia.

Yo lo encuentro muy extraño. La mayoría de la gente dice querer el sentimiento, pero se detienen en la piel. El nivel de satisfacción es alto para las horas invertidas; lo mejor, quedan minutos de más para un siguiente ‘round’ lleno de novedad.

Hoy, más que nunca, aparecemos como seres sociales, del mundo. Exponemos nuestra vida sin remilgos, dejamos que otros pasen revista de nuestras aventuras y desventuras, nos ufanamos de compartir nuestros cuerpos. Contradictoriamente, rehuimos inmiscuir los sentimientos; entre menos nos involucremos, mejor. Aún así, caminamos por la vida pretendiendo que fluimos tanto externa como internamente con los que nos rodean, esperando que en este falso fluir llegue por arte de magia ese alguien que nos saque de nuestro yo, de ese egoísmo del que no somos conscientes y por el que no estamos dispuestos a ceder ni medio centímetro de nuestro espacio personal para dar lugar a un otro.

La apología del individuo y sus gustos nos impiden dar espacio al amor. Los placeres superficiales, la rapidez con la que buscamos satisfacer nuestras fibras – “¡Ya! ¡Qué pase el siguiente!” -, cada vez nos aíslan más. Invertirte en otro ser humano sin estar seguro del resultado es demasiado trabajo. Tomamos lo que está más a la mano, no hay paciencia, calma para saborear. Tenemos todo pero no nos quedamos con nada. Los recuerdos de las noches vividas se extienden por alguna que otra hora regada en la semana, condenados a desaparecer o a vivir en la intrascendencia de una breve sensación sin sello, cara o nombre.

Con poco más de 100 años de por medio pasamos del romanticismo lleno de emociones, idealizaciones y poco contacto, al terreno de lo material en donde somos únicamente cuerpo pero irónicamente nos negamos a creer que vivimos así. Es el triunfo de los sentidos sobre el amor, y ellos no sabían que estaban compitiendo.

Qué delicia recorrer la piel de alguien y en el proceso descubrir qué hay detrás de la envoltura. Qué fascinación saber por qué vibra o ríe el otro y recordar sus maneras, su tacto y sus sensaciones. Qué placer forjar un vínculo que eleve los encuentros a un plano más allá del hormonal, que desacelere el tiempo para que no nos escabullamos, dejemos el egoísmo a un lado y reconozcamos nuestro yo con el de otro; más allá del interés que se encuentra en la satisfacción de nuestros sentidos.

Con todo esto no estoy llamando a un amor al mejor estilo de Werther, sino a dar a nuestras interacciones una trascendencia fundamental. Los que han decidido darle puntos a los sentimientos estarán de acuerdo conmigo, lo comprueban las sonrisas de alegría cuando van, a riesgo de sonar cursi, de par en par; o cuando se sientan a rememorar los momentos pasados en compañía.

“- Lo esencial es invisible a los ojos – repitió el Principito, a fin de acordarse.

- El tiempo que perdiste por tu rosa hace que tu rosa sea tan importante – dijo el zorro”

Antoine de Saint-Exupéry también está de mi lado.