Editorial

Phony, que en español significa farsante, era como Holden Caulfield, el anti-héroe adolescente del El Guardián del Centeno, utilizaba para referirse a los adultos, tan lejos de su mundo, quienes viven sus vidas con hipocresía, falsedad, envestidos con máscaras y poses, sorteando el día a día con aires de superioridad. El uso repetido de esta palabra en la novela del recientemente fallecido J. D. Salinger, le dio una dimensión más poderosa, la de hablar de alguien poco sincero y pretencioso.

Muchos describen a este protagonista como el prototipo del rebelde juvenil que no quiere crecer. La intención del libro y de las aventuras del problemático Caulfield va más allá de un asunto de madurez, es una crítica a la manera en la que nos vemos abocados a vivir nuestras vidas cuando termina nuestra niñez, abandonando la transparencia y la simpleza para fingir constantemente ser algo más, llenos de pretensiones monetarias o culturales. Todo, para ser apreciados por otros que aparentan aún más, y, con ello, tener la capacidad de darnos acceso a círculos de llamada exclusividad.

Cuando se dice que el arte refleja la sociedad, no se equivocan. Este dicho se extiende hasta los círculos artísticos, que también reflejan la vida.

Observar el mundo del arte en la actualidad, donde el artista aparece la mayoría de las veces como víctima de éste más que como propulsor, e incluso como un títere manejado por los críticos, galerías y medios de comunicación; es presenciar el despliegue de un circo de Phonies que habría llevado a Holden todavía más hacia el borde de su desesperación y desesperanza.

El talento de los artistas que han pasado por estas páginas, y el de muchos más que andan por las calles, salta a la vista. A pesar de esto, la mayoría de ellos concuerda con que el ambiente artístico es muy cerrado, que básicamente se reduce a la capacidad de generar ventas, ocasionadas principalmente por la imagen apoyada e inflada por los medios después de la debida aprobación de críticos, coleccionistas y entendedores del arte, quienes se regodean en el conceptualizar, de manera intelectualoide, piezas que al individuo común no le dicen nada.

Desde que el arte se volvió un negocio, sus productos un bien más con el cual demostrar prestigio, y su mundo una excusa para explayar el complejo de superioridad; aquel a quien en teoría van dirigidas las obras, no ha hecho más que alejarse, ajeno a todo esto.

¿Qué es lo que hace a un artista ser reconocido como tal? Es ese no sé qué que llama al asombro, pero, ¿el de quién? Una vez más, el de esos pocos que están detrás manejando las Artes Plásticas “de calidad”, una característica que ha terminado por tener el consenso del público al ser la combinación de un buen mercadeo y la consecución de una explicación elevada generalmente gira en torno a algo muy personal, chocante o filosófico. Esto, difundido por distintas cadenas y apoyado por el intercambio monetario entre un coleccionista y una galería. Aquel que no entienda o no se relacione con las piezas, mejor que no diga nada, el círculo podría tacharlo de ignorante o poco sensible.

Es raro y agradable lograr una conexión entre la obra y el observador sin que haya mediación. Cada vez hay más iniciativas independientes que buscan llevar su arte a la gente con diferentes acercamientos a éste, por medio de intervenciones públicas, exhibiciones en sitios comunes, creaciones comunales o interactivas, etc.

Hay también artistas sin ninguna pretensión que tan sólo buscan crear porque tienen la necesidad. Así, sin más

Somos nosotros los que deberíamos darle valor a las obras después de nuestra interacción directa con ellas y nuestra propia manera de abordarla. Así, quitándoles tanta importancia a los intermediarios, quizá se pueda rescatar un poco de la libertad de la que debería gozar el arte, de la pureza de los sentimientos que lo crean y los que inspiran, de manera que por lo menos en este ámbito de la vida podamos todos ser aunque sea por unos momentos Guardianes del Centeno mientras apreciamos una obra alejada de los phonies, en su estado puro.