Dedicada Elena

Por: Armin Sattler.

Es apenas obvio: en algún momento este libro tuvo que estar en manos de Elena y  ella debió mirar con sus ojos verdes la página donde pensaba escribir la dedicatoria. Tal vez, para escribirla, sostuvo la tapa del marcador rojo con los labios. Y quizá tuvo que quitársela para soplar la tinta fresca, no fuera a desdibujarse lo que había escrito, que eran palabras de amor que nunca debían borrarse.

El hecho es que entonces el libro ya no estuvo más en manos de Elena. Pasó a otras y puedo suponer que las que lo recibieron eran más grandes; no como las de ella, que imagino delicadas. Grandes  y extrañas al trato con los libros, porque es apenas obvio que el de esta historia fue abierto de aquella manera en que lo hacen las personas de lectura poco frecuente, cuando están de vacaciones en alguna playa y, finalmente hastiadas del sol,  deciden abrir aquella novela que han traído, que les regalaron años atrás, con una dedicatoria que redescubren bajo unas cejas pobladas, con algo parecido a la melancolía, dibujada.

Y lo que sigue ya no es tan obvio pero imagino que es una de tantas posibilidades. El de las manos grandes, cuando empacaba para unos días en el Caribe, sin abrirlo, sin prestarle mayor atención, lo metió de cualquier manera entre las camisetas, los shorts, las sandalias, el bronceador y una caja de condones.

Conjetura: el gesto parecido a la melancolía descubierto bajo esas cejas negras a la hora del hastío, no quiso abandonar al de las manos grandes en todo el día y permaneció con él durante la tarde de visita en la ciudad antigua, y durante la noche en la discoteca. Solamente muy entrada la madrugada, a la hora en que ya nadie recoge los vasos, pudo domar  transitoriamente el recuerdo de las letras escritas con marcador rojo. Al día siguiente, sin dudarlo,  tiró el libro en una de las canecas que había junto a la piscina.

A  partir de entonces el libro recorrió caminos que me parecen imposibles: alguien tuvo que recogerlo del fondo de aquella caneca donde lo habían arrojado las manos grandes,  alguien cuyas manos seguramente eran ríspidas;  lo suficiente para sacudir las hormigas y quitar (imagino) los restos de un níspero mordisqueado que se habían adherido a la portada, en la esquina superior derecha, donde todavía veo la mancha de la que deduzco lo que quiero, aunque bien pudiera tratarse de un durazno europeo.

Luego mi libro tuvo que andar por caminos húmedos que, a la larga, resecaron sus páginas. Quizá el de las manos ríspidas lo dejara por unos pocos pesos en unas manos arrugadas, que a su vez lo pasaron a unas manos delgadas con las uñas pintadas de negro, que lo olvidaron en el asiento de un bus que subió la cordillera y se estacionó  frente a una mole de cemento. Ahí el libro quedó olvidado hasta la madrugada siguiente, cuando unos ojos enrojecidos por aguardiente  lo descubrieron  mientras  buscaban  paquetes vacíos de papas fritas, botellas de agua y pitillos minúsculos escondidos en los cojines de las sillas.

Lo que sigue  no es más que otra conjetura vaga, muy vaga, tan vaga que, como casi todo lo anterior, no es creíble. Unas manos sucias de restos de papas fritas ocultaron al libro en la humedad de un overol, debajo de la axila, que es donde se cargan los libros cuando uno no quiere que se mojen en la llovizna de la mañana o cuando uno no quiere que sean vistos. Cuando se les roba, por ejemplo, para venderlos por algo, por lo que sea.

No  dudo que  mi librero se hiciera a aquel libro por las vías propias de los libreros, las que tienen que ver con el aprovechamiento del necesitado (el yonkie, el arruinado, el ignorante). El hecho es que entonces pasó a mis manos, una tarde de noviembre, y mis ojos verdes descubrieron la tinta roja con la cual había sido dedicado. Mientras leía aquella novela comprada por una tal Elena, mucho o poco tiempo atrás, seguramente en otro país del mundo (poco tenía que ver con el amor, era una novela policíaca), tuve que volver constantemente a sus  palabras, que son palabras de amor y, si el libro se encuentra aquí, justo al lado mío, tuvieron que sobrevivir al amor mismo.

De alguna manera, en la noche en la que me siento a pensar acerca del extraño destino de este libro, lo primero que se me ocurre es que Elena debía ser una mujer dedicada. Luego pienso en lo que es apenas obvio: los ojos verdes, la tapa del marcador entre los labios, los  que soplan para fijar el mensaje; las manos gruesas que reciben lo que debieron recibir otras, las mías quizá, que son delicadas.  Me pregunto dónde estará esa Elena. Y me resulta ridículo tener que contener un suspiro.