Amor y afinidad no son equivalentes

Por: Alba Casanovas

El amor, después de la religión, es otro vínculo de los individuos que se debilita a un ritmo muy rápido. Eso es lo que se aprecia el día de hoy. Se ha desvirtuado hasta tal punto que se podría decir que no es verdadero, pero no hay que ser tan extremista ni tan negativo. El amor existe y existirá siempre, pero como todo en esta vida, sufre una transformación que se justifica en el cambio de estilo de vida de la sociedad moderna.

Tres generaciones pueden escenificar perfectamente la evolución del amor en estos últimos años. La gente mayor habla de decadencia, las personas de cuarenta años de madurez y los jóvenes de veinte, de libertad.

Angelines tiene 84 años y está casada felizmente con Francisco desde hace más de 50 años. Se casó con tan sólo 19, y fruto de su matrimonio nacieron sus tres hijas. Una de ellas es Paloma, divorciada desde hace diez años de quien es el padre de sus dos hijos. Actualmente, mantiene una relación con Daniel, un hombre que es todo lo contrario a su ex marido Andrés. Ana, por su parte, es la hija de Paloma. Con 23 años empieza a conocer lo que conlleva estar enamorada y lo que se puede llegar a hacer por una persona.

Tres generaciones de mujeres, tres visiones diferentes del amor.

Las peleas verbales entre el matrimonio de ancianos son constantes. La monotonía les ha llevado a quejarse de todo. Pasan sus días sin un “te quiero”, pero creen que el hecho de estar casados por la iglesia les une para siempre. No obstante, Francisco, ha afirmado en algún momento de desesperación que si no fuera tan viejo se separaría de ella. Si es así, ¿por qué no aceptan que su hija haya retomado su vida con otro hombre?

Paloma se separó de su marido después de que éste no entendiera el significado ni la responsabilidad de formar una familia. El amor que les unió se esfumó, no sin antes dejar esa huella de amor apasionado que sólo se produce cuando sientes el enamoramiento por primera vez. Después de la experiencia vivida y la desilusión sufrida, Paloma se prometió a sí misma que nunca más se volvería a sentir anulada por una persona. No se cerró las puertas a otra relación, pero sí se prometió que ningún otro hombre viviría en su casa, porque sus chicos en aquel momento, y aún ahora, eran sus hijos.

Daniel apareció como una amistad fortuita. Sus aficiones les unieron y ahora son pareja. Cada uno vive en su casa. Entre semana no suelen verse por motivos de trabajo y es durante el fin de semana cuando comparten su tiempo.

A Ana le costó asimilar la situación y no aprobó la relación hasta que ésta dio suficientes pasos para que ella pudiera darse cuenta de que su madre era feliz. La figura paterna de Ana se ha diluido a lo largo de los años, pero se le hacía extraño ver a su madre con otro hombre. En el afán de entender, le preguntó a qué sentía, a lo que Paloma contestó con sinceridad. Nunca querrá a nadie tanto como al padre de sus hijos.

A pesar de ser joven e inmadura, Francisco fue su primer gran amor y le dio momentos que jamás olvidará. Sin embargo  ahora, sabía cómo se le gastaba la vida, sabía que no debía cometer los errores del pasado. Es madura, tiene como prioridad a sus hijos y su vida goza de un buen rumbo. El amor no la volverá a cegar y a privar de lo que ella quiere. Con Daniel ha entrelazado unos vínculos que no contienen promesas, que sólo tienen objetivos a corto plazo y, sobretodo, son unas ligaduras tan maleables dentro del respeto y la fidelidad que crean una afinidad entre dos personas que permite la libertad de cada individuo.

El amor puede transformar a una persona en una completa desconocida. Ana parece que ha aprendido la lección de su madre. Por mucho que esté dispuesta a darlo todo por un amor que se le pueda cruzar por el camino, sabe perfectamente que esa persona nunca le quitará un pedazo de ella. Una relación implica un vínculo con la otra persona. Pero por mucho que se quiera, una parte de lazo depende del otro, y es inaccesible. Querer a alguien locamente hace dar ciegamente, cosas que en el estado de madurez nunca ofrecerías. Por este motivo, si aquel que aguanta el otro lado del lazo te quiere, no debe ser egoísta y robarte una parte de ti.

Angelines y Ramón se dieron todo el uno al otro y ahora no tienen nada más que ofrecer. Paloma se dio cuenta que dar también era perder; que dar era crear unos vínculos que pasaban a depender de una segunda persona. Ana sabe que lo que da la afinidad entre dos individuos no son los besos y las promesas, sino la libertad y la confianza que se da al otro.