Una costosa moraleja

El costo de una moraleja puede llegar a ser de 500 millones de dólares. Esta fue la inversión que necesitó la historia de la tribu “Na’vi” para que el mundo la viera bajo el nombre de Avatar, una producción de 230 millones, que necesitó otros 270 para su publicidad, y que es, además, una excelente obra del séptimo arte, así como una predicción de lo que podría pasar si en unos cuantos años los humanos logran establecerse en otro planeta.

En medio de coloridos paisajes, que en las noches se convierten en un festival exquisito de luces incandescentes, coexisten especies exóticas interconectadas armónicamente. Es en este escenario en donde se desnudan los sentimientos humanos más frágiles y perversos, los que al mismo tiempo contrastan  con los otorgados por James Cameron a la tribu del planeta Pandora.

Avatar no sólo muestra el alcance que tiene la tecnología en la realización de producciones cinematográficas, también lleva un mensaje para unos cuantos “angelitos” de la Tierra que están realmente equivocados. Sí, hablo de aquellos Homo sapiens que parecen estar poseídos por la ambición descontrolada de riquezas materiales; me refiero a los que abusan de la potencia de las máquinas para reemplazar el verde de la clorofila por grises de concreto; y aquellos que jamás piensan y/o calculan en las consecuencias de romper el equilibrio de un sistema. ¿Cuál es el límite del síndrome de superioridad que padecemos cuando abrimos los ojos?

Reprochable es el concepto que se tiene sobre otras especies al considerarlas inferiores, pues de alguna u otra manera nos creemos dueños de la dinámica perfecta establecida por los que están debajo de “la cumbre de la evolución”.  Hasta el momento, en la Tierra les hemos ganado la batalla a los insectos, a las plantas y a los demás vertebrados, y si en un par de años encontramos un planeta como Pandora, ¿ganaremos la guerra?

No me atrevería a afirmar que un aire diferente al bélico acompañe a los de mi especie en el caso hipotético de llegar a otro astro, pues los primeros en llegar a explorar un nuevo mundo no serían los miembros de la ONU o de Greenpeace. Los comisionados serían aquellos que tienen un buen dominio de la tecnología útil y también de la de destrucción masiva. Creo que en eso acierta el autor de la historia, al personificarnos como una especie que posee un pequeño espíritu positivo negociador que se evapora cuando la impaciencia reina en nuestro cerebro al no alcanzar los objetivos con celeridad.

El otro lado de la balanza de Avatar está representado por una especie “poco evolucionada”, si se tiene en cuenta solamente que las herramientas que han creado para cumplir con el principio de supervivencia son arcos y flechas. Unas criaturas con adaptaciones morfológicas diferentes a las nuestras, que usan taparrabo, tienen un concepto claro del significado de la palabra respeto, valoran cada uno de los individuos del ecosistema en el que habitan, porque además,  tienen la capacidad de interconectarse para funcionar  exitosamente como una sola unidad.  En este planeta imaginario existe la igualdad, palabra que en nuestros idiomas se resume en un signo matemático.

El día que el ser humano dejó de considerarse parte de un todo para poder dominarlo, se rompió la armonía del equilibrio natural. Esta es la enseñanza  que deja una historia fundamentada y costosa a los de este planeta, o  por lo menos a un ingeniero civil que conozco, que hasta hace poco mandaba a talar árboles para hacer plataformas, sin pensar si había un nido de pájaros en alguna de las ramas. Ahora él considera que la próxima vez que le toque hacerlo – como él dice-, le va a costar.