Reelegir o no reelegir, esa no es no es la cuestión.

Hace poco tuve un momento de  asombro mientras leía la versión electrónica de El Tiempo, principal diario de mi país, Colombia. Ahí, en primera plana: “Que Uribe no aspire a la Presidencia por tercera vez, volvió a recomendar revista The Economist”. Leí este artículo y en enseguida, el editorial publicado por el medio británico, así como la pieza periodística que lo complementaba, escrita con la información recolectada de más de 6 fuentes, gubernamentales, no gubernamentales, de la oposición, de organismos internacionales, de ONG’s y de civiles.

Hasta ese momento todo me pareció normal, el panorama presentado por la revista, aunque general, informaba de la situación del país cafetero, los aciertos y desaciertos de su Presidente, todo ello cotejado con datos y testimonios; en resumen, un trabajo periodístico básico de contrastar diferentes fuentes para lograr extraer y reconstruir lo más parecido a la verdad. Su editorial giraba claramente en torno a la siguiente idea: “Ciertamente Uribe ha logrado muchas cosas. Pero para que Colombia progrese, necesita de instituciones fuertes más que de un eterno hombre fuerte”.

Mi reacción de estupefacción no provino de lo escrito por El Tiempo, que, aunque con ligeros tintes sensacionalistas (como la mención en el primer párrafo de la posible similitud que se podría dar entre Uribe y Chávez), no me escandalizó. Mis ganas de sentarme a escribir esta columna tampoco fueron ocasionadas por el repetitivo tema de reelegir o no reelegir, eso no es más que el reactor de la tontería abismal que encontré, la que sentí como un bofetón recibido sin motivo, en donde el shock te da risa o nauseas, o las dos.

“Debería llamarse ‘The Ecomunist’, ya que debe ser abanderada de la perorata con la que Petro y sus demás amigos de CUT, CGT, y demás mamertos, tienen inundada a Washington” “El presitonto de Uribe bestia (…) “”No nos llamemos a engaños, todos, todos sin excepción de los que no están de acuerdo con la reelección de Uribe lo que más desean es que en Colombia se instale un gobierno comunista idéntico al venezolano” “sobra un articulejo más, a lo mejor de los apátridas de siempre” “¿por qué mejor no se averigua cuántos dólares pudo haber recibido de parte de la oposición colombiana y de las Farc (lo que es igual) la revista de The Economist?”

No sé  que efecto causó esto en ustedes. Tan sólo reescribiendo estos pequeños fragmentos de los comentarios de los lectores, me regresa la sensación de incomodidad y tristeza de la primera vez que los vi. Quizá me tomo todo muy “a pecho” porque pienso que las cosas sí pueden cambiar. Pero al ver esto me desanimo. No se trata de si Uribe debe o no continuar en la presidencia, eso lo decide cada quién después de analizar los hechos. Preocupa la pasión que se ha generado en los colombianos, la que causa ceguera idiota y actos impulsivos en donde la inteligencia y el raciocinio parecen haber perdido la batalla contra la ignorancia.

Las pasiones están muy bien cuando nos ponen en acción, nos movilizan cuando nos falta valor. Sin ellas probablemente seríamos seres aburridos, sin sustancia, sin alegrías, sin aventuras. Como todo, también tienen sus problemas: nos roban la capacidad de entender lo que nuestros sentidos nos están mostrando. Si no vemos ni oímos, y si aprehendemos sólo con la emoción, con la “cabeza caliente”, ¿cómo ponemos las cosas sobre una balanza, las estudiamos con calma y hacemos lo que pensamos (repito, pensamos), es mejor?

The Economist practica un tipo de periodismo en el que, de manera transparente, el medio de comunicación puede adoptar un punto de vista no objetivo con miras a un fin que, por lo general, es político o social. La tendencia de esta revista está claramente basada en el libre-cambio y la globalización; podemos descartar su unión económica e ideológica con Hugo Chávez y las Farc.

Conozco mucha gente que no está en contra de la reelección, pero que tampoco la apoya, entre esas yo. No formo parte de las filas marxistas, no apruebo el proceder de las Farc ni el de los paramilitares, así como tampoco el del Presidente venezolano. Pienso que en cualquier país del mundo se necesita una oposición como institución que vigile al Gobierno para que se logre su mejor proceder, y no que se desgaste atacando a la persona a cargo. No creo en la violencia ni en lo regímenes o situaciones que eliminen las libertades de los individuos: sea el comunismo o una nación en donde eres Uribista o si no, eres guerrillero; supongo que en los años 70 estabas con la izquierda, o eras un desagradable burgués.

La variedad de pensamientos es la que enriquece la vida. No está de más respirar un poco, parar para observar y escuchar. Es bueno saber los puntos de vista de los demás, entender de dónde provienen, analizar sus argumentos, así estos vengan de fuera. No en vano “los toros se ven mejor desde la barrera”, allí hay más aire, los ánimos están calmados y la razón puede estudiar y comprender los movimientos ejecutados.

Bajemos un poco la intensidad a la pasión, quizá con eso bajaremos también los niveles de ignorancia. Si es así, sea cual sea su decisión sabrán que la tomaron conociendo y respetando todos sus elementos. La cuestión, es pensar antes de actuar.