Excentricidad y desorden

Por: Alba Casanovas Torre

Recuerda esa tarde como si hubiera sido reciente. De hecho, fue la tarde del 30 de diciembre de 2009 y de los 21 grados de temperatura que alegraron la ciudad en pleno invierno. A un día del final de la primera década del siglo XXI y a un día del comienzo de otro año y otra década, necesitaba soledad ante el inminente cambio de año y la ya apropiada agonía de saber que nada cambiaría en 2010.

Le encanta pasear por las calles de Barcelona. Esa tarde paró a tomar un café en el Bar San Telmo, donde la cremosa textura y el excelso olor del grano recién molido eran la mejor compañía en ese momento. Sentado en la terraza que da a la Avenida Diagonal, y dejando pasar lentamente los minutos, estuvo viendo pasar los coches, así como  a centenares de personas que iban a toda prisa ultimando las compras navideñas. Su cara no mostraba apreciación alguna hacia lo que veía. De repente, una servilleta, y posteriormente 4 más, le sirvieron para expresar todo lo que sentía. Con delicadeza para no romper el fino papel, pero con una rabia interior abismal, dejó sus pensamientos en esos trozos de papel que con gran habilidad el camarero se encargó de guardar una vez el esporádico escritor se limpió los labios de café con ellos y los abandonó.

El texto empieza con un recordatorio: “Año tras año el mundo se para. Durante unas horas, las últimas del mes de diciembre, la misma historia se sucede una y otra vez. Como un disco rayado, la gente se felicita por el año que empieza y se desea que sea mejor que el anterior”. Rápidamente el escrito se encauza hacia una visión introspectiva y trata del orgullo de las personas. “La ilusión nos ciega y provoca que nos mintamos a nosotros mismos sin cesar. La verdad duele, pero hay que escucharla. Después decidiremos si la aceptamos o no. La realidad es que no podemos cambiar nuestra manera de ser”.

Al recordar estas palabras, no puedo evitar mirar a mi alrededor y pensar que quien dijo “Año Nuevo, vida nueva”, se equivocaba. El autor de los pedazos de papel, ahora propiedad de una persona a la que jamás conocerá, no puede evitar echar un vistazo al mañana. Por mucho que el pasado condicione el futuro y que el recuerdo sea amigo del remordimiento, hay que pasar página: “La década que empieza sólo es la continuación, la excéntrica y desordenada precipitación, de unos hechos que claramente tiran por tierra la supuesta ilusión que predicamos. Imaginar cómo será esta década es equiparable a una mezcla de alcohol mal tomada y a deshora.

No es novedad saber que el ser humano no tira precisamente a lo más edificante. Se le ha de reconducir, insistir y, principalmente, mimar. Los propios individuos son los que producen toxicidad social. De la mano de la política, de los medios de comunicación, el dinero y el egoísmo originan una vejación de la razón de ser y del cuestionamiento social. Una vez descubierta esta gran verdad a la que damos la espalda, uno puede sentarse en el sofá, poner David Bowie de fondo, llenar una buena copa de vino y dejar volar la imaginación. Lamentablemente, nos reiremos antes de que el vino haga efecto”.

¿Saben qué la pluma que escribió estas sabias palabras descubrió a David Bowie gracias a mi? No obstante, me arrepiento de haberle hablado de vampiros, no creí que se lo tomaría tan a pecho; y si no, miren: “Los coches no volarán, la Pirámide de Tokio no estará construida y Edward Cullen no existirá, pero los espejos estarán ahí para reflejarnos el mundo en el que nos encontramos. Un mundo que teme más el Acelerador de Partículas de Ginebra que las guerras e invasiones militares. Seguiremos movilizándonos contra el cambio climático, sí, pero seremos los primeros en no reciclar los residuos que generamos”.

Por suerte volvió a sus cabales y sus deseos para la segunda década del siglo XXI se volvieron más elocuentes en la penúltima servilleta: “Que los increíbles Blues de los años 30 ganen la batalla al burdo reggaetón, que el Rock de los años ochenta vuelva a levantar el telón. Que el multilateralismo político no reprima más aún a las sociedades civiles y  que no haya oradores con pretensiones añiles. Que no se hagan carreteras que no lleguen a ningún puerto. Que a buen puerto sí llegue un multiculturalismo que acabe con el despotismo. Que las nuevas tecnologías no acaben con el mundo anónimo y silencioso, pero sí con las autarquías”.

A día de hoy, cuando el ya famoso escritor anónimo y una servidora nos tomamos un café en el interior del San Telmo porque el frío polar azota la Ciudad Condal, esos trozos de papel que sólo significaron un desfogue están colgados en la pared del bar y son leídos por centenares de personas al día. A su vez, mi amigo me recuerda entusiasmado que “lo leen y se ríen, ¿acaso se puede ser tan hipócrita?”

¿Quieren saber qué dice la última servilleta? Hay un sinfín de propósitos que queremos que se cumplan, que estarán en sus manos durante esta década y que no se acordaran de ellos hasta los últimos días de diciembre de 2019. Hasta la fecha, pueden rellenar los próximos diez años con miles de cosas que ronden por sus cabezas, cosas que vienen y van, que ahora son trascendentes y de aquí una hora no lo serán. No obstante, les recomendamos, yo y mi gran amigo escritor, que dejen de estar atentos a esos insignificantes pedazos de papel ya escritos y que sean ustedes quienes escriban su propia historia. Sin prisa pero sin pausa, tienen una década para cumplir de una vez por todas aquello que hace años prometen.