Editorial

¡Se está acabando el mundo! Ese fue el grito de la “afortunada” francesa que logró filmar la polvareda que levantó uno de los desastres naturales más trágicos que los aún vivos logramos recordar; el terremoto en Haití.

Hoy todos unimos esfuerzos en pro de una misma causa, vestimos con orgullo la camisa de solidarios y donamos sin pensar lo poco que tenemos. Hoy todos somos haitianos de corazón y hermanos de sentimiento. Palestinos e Israelíes comparten el mismo dolor, judíos y musulmanes visitan los mismos centros de donación, afganos y americanos depositan en las mismas cuentas, mientras el mundo entero se desvanece con las imágenes aterradoras del país caribeño.

¡No! No tenemos que esperar a que “el mundo se esté acabando” para tratarnos como hermanos. Es hora ya de olvidar las diferencias, de darnos la mano los unos a los otros, de enterrar los odios, de acabar con la indolencia y el olvido. El amor es nuestra bandera, la solidaridad nuestro objetivo y el corazón la única arma que empuñamos.

El mundo no se acaba aquí, ni en los próximos dos años como muchos ahora lo vaticinan. La tierra se está moviendo para enseñarnos, a base de sufrimiento y dolor, que todos somos un mismo pueblo y que las barreras construidas no son más que una herencia histórica que no debemos conservar.

Este es nuestro momento histórico, la página en blanco que muchos venían esperando, es ahora cuando debemos mantenernos solidarios los unos a los otros. Es ahora cuando las manos se deben extender al hermano caído para que pueda levantarse, sin que importe su color de piel, el acento que profese, el dios que adore o su lugar de nacimiento.

¡No! No es el fin del mundo. El sismo en Puerto Príncipe es una tragedia sin precedentes, una herida profunda en el alma y un golpe fulminante al corazón. No, aquí no se acaba el mundo, pero sí debería ser el final de la indolencia de todos aquellos que sin merecerlo lo habitamos.

El mundo grita en Criollo haitiano y todos lo escuchamos. Por los hermanos caídos, por los que nunca volverán, por todos los que aquí quedamos; amor, paz y compasión.