Petición de Navidad

Hace poco tuve un encuentro, o mejor, reencuentro, que sin quererlo y por arte de algún conjuro me llenó la mente de ideas y el alma de inspiración, tanta, que me cuesta trabajo decantarla. Con el habla poética a un lado, no sabría muy bien explicarles los elementos envueltos en este proceso ni hacerles entender la manera en la cuál estos 3 días, de alguna forma, aportaron al desvío misterioso que, creo, el curso de mi vida está por tomar.

Nada fuera de lo ordinario sucedió. Todo partió de algo sencillo: compartir con una de las personas más importantes para mí y con otra que, a pesar de los años transcurridos, sigue siendo objeto de mis afectos. Esta columna no va por donde ustedes están pensando, no es sobre el amor en estado puro, hablando a través de mis dedos que digitan estas frases tratando de expandirse al universo; sino de una de las muchas sensaciones que tuve en ese tiempo: la de que a pesar de que las noticias se empeñen en probarme lo contrario, las cosas sí pueden mejorar.

Sentado a mi izquierda, uno de mis acompañantes de 25 años de edad, profesional, vestido con camisa, chaqueta formal, pantalón de algodón y zapatos negros, explicaba cómo, a través de su trabajo, buscaba impulsar el turismo en su país para mejorar su economía y de paso la vida de sus habitantes.

A mi derecha, un coetáneo del primero, también pasado por la universidad, muy cómodo con sus jeans, tenis, camiseta y saco deportivo, contaba sobre su contacto con la Permacultura, un sistema de diseño que busca desarrollar asentamientos humanos que guarden una concordancia con su entorno natural, restaurando ecosistemas en peligro y generando un desarrollo sostenible. Para él, este método que se consolidó durante los años 70 es la forma de lograr una mejoría.

El uno representa todo lo que las economías globales buscan: abrirse al mundo, generar ingresos provenientes del intercambio de servicios y riquezas entre las naciones. El otro, el cuidado de lo local, el aprovechamiento de la naturaleza por medio de una relación armónica. Cualquiera que mirara desde fuera quizá no hubiera entendido qué hacían esos dos comiendo del mismo plato, charlando y riendo en la misma mesa. Yo, que miraba desde dentro, lo comprendía todo.

A ambos no sólo los une un sentimiento de amistad y aventuras adolescentes – ese amor que, a riesgo de sonar “New Age” en versión barata, es en últimas todo -; sino que los dos, más que querer vivir sólo para ellos, tienen un propósito de vida fuera de sí mismos. No pasan día tras día pensando en que el punto álgido de su existencia sería tener un carro último modelo o una casa de fin de semana en la playa. Quieren ir más allá, aportar, trabajar por los demás, un barrio mejor, un mundo mejor; sin complejo de superhéroes modernos.

Quizá es el momento de ir un poco con el tono festivo de esta edición de Arte Libertino. “Querido Niño Dios (o Reyes Magos, o Papá Noel): esta Navidad te pido que por favor haya más días así, no sólo para mí. Más días en donde lo mundial y lo local, el traje y los jeans, las maneras de ver y de hacer diferentes se puedan sentar en una misma mesa y comer de un mismo plato mientras comparten un mismo objetivo, un mismo sentimiento”.