Oliver Twist

Por: Julian Silva Puentes

Cuando Oliver Twist se levantó de la cama, sintió una punzada dolorosa en la base del culo, el coxis, terminando luego, después de un terrible sacudón en la nuca, con un sordo  “pop” al interior de su cabeza.  No era la primera vez que despertaba en la noche con semejantes padecimientos.  Después de la ejecución del judío Fagin y el espectacular divorcio de la que fuera un día su pandilla, cada noche, pasaba por el mismo  martirio.

Pero el tiempo había transcurrido.  Atrás quedaron los orfanatos, la brutalidad del abad y la raponería en las entrañas de Londres.  Llevaba una nueva vida ahora, una buena vida.  Sin embargo, en las noches, todo se hacía pedazos, empezando por el recuerdo de la horca, el “crack” del cuello de Fagin al quebrarse bajo el nudo mortal.

Su abuelo se lo advirtió, cuando Oliver insistió en observar: “ve y mira si es lo que quieres, pero te aseguro muchacho, esa imagen, nunca podrás apartarla de tu cabeza”.

Pero Oliver deseaba ver a Fagin perecer como el marrano que era, de manera impúdica, frente a una multitud desjetada.  Semejante urgencia, bien sea dicho de paso, más que una simple sed de venganza, se debía al deseo morboso de Oliver de ver los ojos reventados y los pantalones cagados del viejo al momento de morir.  No sabía de dónde le venía semejante apetito.  De hecho, era la primera vez que se sentía así, desde que visitara a Fagin en la cárcel a la víspera de su muerte para sacarle un “me arrepiento Dios padre”.  Fue en ese preciso momento, al escuchar las negativas del viejo, que sintió un calor curiosillo en la ingle; debió agarrarse con ambas manos para disimular el bulto, allí, en la cárcel, junto al condenado.  Sentía deseos de verlo todo: cada mueca de dolor, la angustia ajena, el terror estándar del condenado a muerte, el infierno del antiguo testamento, el espanto de las clases de catecismo que recibimos siendo todos apenas unos niños.

Era la madrugada del 24 de diciembre.  El reloj marcaba las 3:30 AM, hora en que, tres años atrás, el judío Fagin moría ahorcado.  Oliver se revolcaba en la cama; cambiaba de posición cada dos minutos para darle alivio a su espinazo adolorido.  Debía hacer algo, lo que fuera, cagar, sobarse la entrepierna, ¡lo que fuera con tal de darle alivio a su cuerpo! En vista a que no se encontraba de ánimo para lo primero, y suponiendo que la molestia en la espalda se debía al estreñimiento que lo aquejaba hacía días, se decidió por lo segundo.  Pero cuando giró la chapa de la puerta, un rasguño del otro lado lo detuvo.  Permaneció inmóvil mientras algo o alguien despedazaba la madera mediante zarpazos.

-        ¿Quién vive? ¿Abuelo?

En respuesta, los rasguños fueron reemplazados por una risa bastante familiar.  Oliver palideció aún más.  Algo en su cabeza lo llevó a los días de la pandilla.  Pero no podía recordar, de entre tantos pirañitas, a quién pertenecía semejante risa.  Pensó durante un rato en el Truhán y el Manos.  Nada.  Ninguno le decía nada.  Había alguien que faltaba, el dueño de la risa de hiena: ¿Fagin? No.  Definitivamente no.  El viejo tenía una risa como de perro: “auf, auf, auf”.  Era alguien más, pero quién.  Y fue allí, al preguntarse, que llegó a su mente Carlitos Bates… No lo veía desde la noche de la redada, ni a él o a cualquiera de los otros.  Pero hombre, era él, ¡debía ser él!

-        Carlitos –dijo nuevamente–.  ¿Eres tú?

De repente, en menos de un segundo, el rasguño se escuchó detrás de él, en la ventana, sobre su cama.

-        ¡Carlitos, cabrón endemoniado, háblame!

El rasguño se sintió simultáneamente en la puerta y la ventana acompañado de la misma carcajada.  Bien podría estar junto a Oliver o bajo la cama, el Carlitos ése, así de cerca se escuchaba.

-        ¡Para, para ya, mojón! –gritó nuevamente–.

El silencio reinó.  Únicamente se escucharon los búhos trepidando en los árboles, afuera de la casa.  Pero bajo el ulular, tenuemente, irrumpió un regular “crack”.  En consecuencia, el coxis y el cuello de Oliver sufrieron otra descarga de dolor, esta vez, peor que las anteriores.  Cayó de bruces, agarrándose el culo con la esperanza de atrapar el sufrimiento, cuando en un momento dado, sintió el mismo crack junto a él, a su espalda.  Sabía que alguien se encontraba detrás; alguien que respiraba mediante estertores de ahogado.  Su mente se puso en blanco.  No pudo pensar en nada excepto la imagen que acosaba su cabeza: Fagin retorciéndose bajo la soga.

Varias horas después, a eso de las 6:30 AM, la señora Howard entró en la habitación del chico llevando la bandeja del desayuno, encontrándose, para su sorpresa, con el lugar vacío, la cama desordenada y la ventana destrozada.  Lo único que atinó a pensar fue: “por Dios, ¿cómo no escuché semejante estruendo?”.

Oliver llegó al parque de la magistratura a la misma hora que la señora Howard entrara en su habitación.  Se trataba del mismo lugar donde tres años antes muriera Fagin.  Era un lugar estéril, sin árboles, jardines o cualquier presencia de vida.  Sólo podían apreciarse tres patíbulos con sus respectivos ahorcados, bailando inertes al compás del gélido viento de la mañana navideña.  Muy lentamente, ignorando el frío de muerte que entumecía su desabrigado cuerpo, detalló gustoso a los muertos, todos ellos, los tres, jóvenes como él.  La estaba pasando bien Oliver, se podía notar, en especial por las muecas grotescas de los ahorcados, las largas lenguas moradas, los ojos reventados, las jetas coloradas.  Pero al llegar al último de ellos, un chico flacucho con cabeza al rape y cicatrices de viruela en el rostro, se echó a correr soltando a su vez risotadas histéricas, como las que hacen las hienas inmundas del zoológico, gritando también, en medio de su carrera contra el miedo y en dirección al lugar que fuera, el mismísimo infierno, tal vez: ¡Carlitos Bates, Carlitos Bates, Carlitos Bates!