Michael o Jesús

Por: Nicolás Díaz Durana

Buenos días a todos, es un placer para mí participar una vez más en el Congreso Internacional de la Ciencia y la Verdad. Hoy quisiera presentar los hallazgos de mis últimas investigaciones sobre la vida de Jesús de Nazaret, un hombre que vivió hace un poco más de dos mil doscientos años y que todavía constituye una influencia significativa en nuestra manera de pensar, actuar y comprender el mundo.

Pocos saben que, en la época en que vivió Jesús, se contaba con una avanzada tecnología médica. Los nacimientos eran documentados minuciosamente. Se recogía y clasificaba información sobre el estado de salud del neonato y su historia familiar. Incluso se podía saber la expectativa de vida del individuo y su predisposición a ciertas enfermedades, gracias a un mapa genético y a los monitoreos permanentes de un pequeño chip insertado en el primer fragmento del colon ascendente al momento de nacer.

Era, en efecto, una civilización muy parecida a la nuestra. Tristemente, casi toda la documentación que describía sus métodos y costumbres se perdió en un incendio, cuarenta y ocho años antes del nacimiento de Jesús.  El responsable de dicho desastre fue Joaquín, su abuelo, durante una fiesta en la casa de Alejandría, una de sus comadres. A parecer, Joaquín dejó caer al suelo un fósforo encendido accidentalmente, en un lugar lleno de pergaminos y libros viejos.

Pero volvamos a lo que nos interesa. Jesús fue, desde su nacimiento, un caso especial. Su historia médica nos revela un sinnúmero de datos relevantes, de los cuales quisiera exponer unos cuantos:

Primero, su verdadero nombre no era Jesús, sino Michael (pronunciado /maîkol/). Era hijo de Mery, una prostituta judía que, para escapar de ser apedreada en la plaza pública por estar embarazada con un hijo bastardo, alegó haber sido violada por Jason, el plomero del pueblo.

Sin embargo, después de algunos exámenes realizados por el Departamento de Medicina Forense de Nazaret, se comprobó que Mery, a pesar de estar efectivamente embarazada, era virgen todavía. Fue así que se descubrió que un embarazo también puede ocurrir con solo el roce de los genitales. Los médicos llamaron a este particular caso el “Síndrome de la Inmaculada Concepción”. Poco después, Mery aceptaría que el padre de Michael no era Jason, sino Jóse, el carpintero del pueblo.

Desde pequeño, Michael mostró ser un chiquillo precoz: muchas veces lo encontró su madre acariciándose la verga de manera indecente. Ni los encierros ni las fueteras sirvieron para reducirle aquel vicio, hasta que un día, Mery le dijo: “Ya ando bastante turbada tratando de mantener mi buen nombre después de que tú naciste… ¡no quiero más turbaciones en esta casa! ¿O quieres que le cuente a tu papá?”

Michael sabía que su padre castigaba severamente este tipo de prácticas y decidió contenerse. Pero al poco tiempo perdió la razón y fue internado en la Clínica Psiquiátrica de Galilea, en donde permaneció hasta que cumplió los treinta años.

El 17 de abril del año 33, tres años después de ser dado de alta, Michael celebró su trigésimo tercer cumpleaños en compañía de su club de doce fans. Esa noche, eligió para sí un nuevo nombre, inspirándose para tal fin en los sonidos que profería, al ser sodomizado, un équido peludo llamado Platero. Éstas fueron sus palabras: “A partir de hoy me llamaréis Sús-je, en honor a los mustios gemidos de esta noble bestia”. Johnny, el preferido de Michael, preguntó: “Señor ―Johnny solía olvidar su verdadero nombre― ¿no sería mejor que os llamarais Je-sús? Es más fácil de recordar”. Michael asintió con la cabeza y respondió: “Así sea”.

Cuatro siglos después, la Iglesia cristiana decidió que el cumpleaños de Jesús debía conmemorarse el 25 de diciembre bajo el nombre de “Navidad”, del latín nativitas, que quiere decir nacimiento. Casualmente, numerosos pueblos antiguos celebran fiestas similares en la misma época del año: el nacimiento de Frey, dios del sol de los escandinavos y germanos; el advenimiento de Huitzilopochti, dios del sol y de la guerra de los mexicas; el Cápac Raymi o renacimiento de Inti, dios sol de los incas; el nacimiento de Apolo, o sol invicto, entre los romanos.

Posiblemente fue la melancolía de los cortos días del solsticio de invierno lo que impulsó a la Iglesia a determinar que el nacimiento de Jesús debía coincidir con otras fiestas de algunos pueblos antiguos, que conmemoraban, como es natural, el nacimiento del sol.

Pero esto no nos concierne en esta ocasión.

Para finalizar mi exposición, quiero presentar a ustedes un interesante hallazgo resultado de una excavación que realicé recientemente en los alrededores de Cafarnaún: el mapa genético de Michael, el cual enuncia su predisposición clara a cuatro enfermedades: esquizofrenia, halitosis, anorexia e impotencia fisiológica. Todas ellas las sufrió durante toda su vida, con excepción de la última, la cual fue curada milagrosamente una tarde en que, viendo a lo lejos a un grupo de prepúberes desnudos nadando en el río Jordán, recitó inspirado: “Dejad que los niños vengan a mí”.

Aún hoy, su club de seguidores, el Iluminado Grupo Lúdico Especializado en Sentaderas Infantiles y Adolescentes, continúa poniendo en práctica sus enseñanzas. Uno de sus mandatos más importantes concierne la educación de los menores de edad, que siempre debe ser ejecutada con amor y mucho tacto.

Con este dato curioso doy final a mi exposición, no sin antes invitarlos a pasar al salón de eventos para rendir un homenaje a este gran hombre, con algunos de los placeres que su legado nos ha enseñado a apreciar: agua, vino, pan, pescado, cruces, espinas, cuerdas y látigos…

Feliz cumpleaños Michael.