La cadena de producción

Por: Carlos García Jané

Se nos prometió un mes de vacaciones pagadas pasadas las X. No podíamos negarnos. En enero, unos se quedarían atendiendo quejas y devoluciones. Otros, en febrero, ocupados con reparaciones y reenvíos. Un trabajo normal. Una vida asegurada.

Es lo que tenemos los duendes que trabajamos para el señor Claus. Nos organizamos perfectamente. Atendemos nuestras tareas cotidianas como un reloj. Tan sólo el reloj que marcaba nuestras horas ha perdido la cuenta de los años aunque nos recuerda el paso de los meses.

Cuando todos regresamos al trabajo en marzo nuestras obligaciones se dividen: colección de cartas y postales; márketing y desarrollo de producto; cadena de producción; y final distribución. A grandes rasgos, una empresa normal. Por lo demás, no se producía venta alguna. La única excepción: el señor Claus llevaba a cabo la distribución de producto él mismo, no sin falta de riesgo y no poco mérito, en una única noche a la totalidad de la tierra. Utilizaba renos como animales de carga entrenados para volar a velocidades escalofriantes. Nadie sabía ni dónde vivían los renos ni sus miserias particulares. Los viejos de por aquí dicen que los renos cantan sus propias canciones. El pobre hombre, gordo, barbudo, verde, descendiendo por chimeneas, practicando agujeros en muros.

El gran mal en estos parajes es el trabajo. Especialmente el trabajo manual. Todos trabajamos en la fábrica de juguetes. A pesar de pensar que el trabajo no nos rebaja, nadie trabaja sin queja, ni se levanta por la mañana sin pereza ni rechaza una cerveza en el bar antes de ir a dormir. No nos la jugamos. Mentes pensantes opinan que gracias a la fábrica los duendes no hemos abandonado nuestra tierra. Que gracias a la introducción de industria los duedes sobrevivimos. Otros creen que lo que hubo antes fue mejor. Según éstos, los duendes celebraban X como todos en cualquier otro lugar del mundo. Familias se reencontraban en casa de los abuelos. Encendían fuego. Comían copiosamente, bebían, cantaban, reían. El paso del tiempo se medía en años y no en meses.

Ahora todos pasamos las X, días previos y posteriores, trabajando. En lugar de celebrar la salvación, la promesa de nuestra redención futura, los duendes cantamos extasiados el origen de la fábrica, la llegada del señor Claus, nuestra esclavitud envuelta en papel de regalo. Recordamos, generación tras generación, cómo llegaron extraños de más allá de las montañas. Repetimos nuestras vidas miserables. Nos regodeamos en nuestra miseria.

Cada año no va a ser como éste. Los próximos no serán los pasados. Lo que será no será idéntico. Los duendes de estas tierras no vivimos de las ilusiones de niñas, de los caprichos de niños, de los antojos de las madres, de las frustraciones de los padres. Ellos, egoistas, hedonistas, una vida para ellos mismos. De nosotros, en cambio, se espera generosidad. Que cada acto de altruismo nos convierta en personas mejores. Afortunadas criaturas aquellas que dan sin esperar nada a cambio. Que el trabajo ennoblece. Que el trabajo nos hace libres.

Ese es el motivo por el que no nos revelamos generaciones atrás. Esa es la razón por la cual hemos cantado nuestro mito de orígenes todos estos años.

Pero no hay cadena de producción perfecta ni esclavitud sin remisión. Unos pocos hemos decidido cambiar un par de versos en nuestra canción épica. De esa manera en un cierto futuro la historia será diferente cada vez que sea cantada y, finalmente, no habrá rastro de la fábrica ni del señor Claus y los duendes seremos libres. Ciertos viejos del lugar piensan que siempre seremos esclavos, que un par de versos no hacen canción nueva. Los jóvenes, apasionados, esperan, por otra parte, levantarse en armas y luchar. Como apuntan las mujeres, nadie les retiene aquí, si se quedan es porque quieren. Los padres creen que los hijos nunca estarían satisfechos, que vagarían de lugar en lugar, que no habría final a sus pasos. Los que abogan por marchar alegan que regresarán un día. Los que arguyen lucha armada se ven derrotados por falta de enemigo o en medio de un guerra civil.

Trabajadores, jóvenes, viejos, mujeres, hijos. Todos opinan sin saber y sin experiencia. Nadie sabe qué sucedería si la cadena de producción se detuviera. Qué sería del señor Claus. Qué hacer con las cartas y los deseos. Qué ocurriría con los renos.