Editorial

Ya estamos en el último mes de la primera década del siglo XXI ¡y qué década! Leer los periódicos durante estos últimos años se ha convertido en una actividad causa de malestares, indignaciones y hasta depresiones. Llegamos al futuro del que tanto se hablaba en las películas de ciencia ficción de los años 70 con nuevas tecnologías pero aún con los mismos comportamientos.

Avanzamos en la disminución del tamaño de dispositivos musicales, de archivo. Aumentamos la velocidad de transporte, de información, de trabajo; pero las manías, esas las venimos arrastrando desde tiempos de antaño. Tanta facilidad para acceder al conocimiento y tan poca disposición para profundizar en éste y aprender.

El I-XXI continuó con guerras y más guerras. Ataques con Dios y la defensa como excusas, y desprevenidas víctimas en la mitad. Gobernantes y medios mandos provocando y llamando a agresiones bélicas sucias y sin sentido en Medio Oriente, Europa del Este, Latinoamérica, sólo por mencionar algunos.

Los odios raciales pululan por montones: de la raza negra a la blanca, de la blanca a la latina, de la latina a la negra, de indios a chinos, etc. Así se podría seguir hasta pasar por toda la esfera de colores que se desprenden de un prisma, olvidando que todo se origina de una misma fuente y un mismo cristal.

A todo esto se le suma la creciente popularidad de los partidos políticos de ideologías extremas, tanto de izquierda como de derecha; y el poder concentrado en pocas manos, las que manejan la estabilidad económica de las naciones como quien juega al Monopolio.

Todo sabe a repetido.

Parece que olvidamos las lecciones de historia. Quizá entre tanto tontear en clase con el vecino no oímos al profesor contar sobre las cruzadas católicas, el nazismo, la II Guerra Mundial, la Inquisición, las monarquías absolutas, los gobiernos imperialistas, la esclavitud y tantas otras cosas más.

El orden mundial está cambiando. China se levanta desde Asia y el primer presidente de color de lo que ha sido la Nación más influyente en los últimos 100 años, se niega a encontrarse con el Dalai Lama para no alborotar así al Gigante Rojo, contrariando su imagen de abanderado de las minorías y salvador del mundo. A su vez, Rusia, Corea, India e Irán aparecen en la escena y no dejan de inquietar.

Por su parte, Europa lucha para acomodar sus partes y mantenerse erguida y de esta manera hacer  contrapeso mientras trata de balancear diversos poderes internos y sus intereses dispares.

El mundo se tambalea y no se sabe muy bien para dónde va y, realmente, ¿va a cambiar? Todo suena a lo mismo de lo mismo aunque viene de manos distintas. Siguen las vidas arrebatadas a destiempo, las familias destrozadas por el hambre, las enfermedades, la violencia (que no es más que la negación del amor). El dinero y el poder son todavía los dioses, y se continúa alabándoles, incansablemente, con las economías nacionales globalizadas como su icono.

Hay que profundizar en la información, la histórica y la actual. Recordemos que los cambios importantes han venido desde la gente y para la gente, por lo menos en los inicios. No se debe olvidar que detrás de los países, conflictos, crisis, lo que hay son personas como nosotros, con más o menos pigmentación de la piel; con una u otra forma de ver el mundo; pero simplemente seres humanos.

Ojalá que en la década que viene sepamos leer más allá y dejar que la historia se repita únicamente en lo que trajo beneficios a todos. Sería fantástico lograr que en la dirección que tome el periodo II-XXI participemos los que siempre hemos esperado que las decisiones sean tomadas desde fuera, y así evitemos que sea elegida por unos pocos.