Tacones

Por: Mariana Frey

Ya lo dijo Marilyn Monroe una vez: “no sé quién habrá inventado los tacones de aguja, pero nosotras, las mujeres, le debemos mucho”, y qué acertada que estaba Marilyn cuando lo dijo. A la persona que se le ocurrió ponernos a caminar en puntas de pie, le debemos el glamour y la estética femenina. Sin los tacones de aguja, las piernas de Sharon Stone nunca hubieran pasado a la historia en Bajos Instintos, tampoco los bailes sensuales de Demi Moore; no existirían los concursos de belleza y los hombres no escurrirían la baba al vernos caminar.

El tacón no sólo es sinónimo de elegancia, también lo es de seducción. Ya lo inmortalizó el afamado fotógrafo Helmut Newton al usarlo como única prenda de vestir en todas sus modelos. Y es que los tacones de aguja son tal vez la prenda de vestir más seductora, incluso más que la lencería y los disfraces sexuales. ¿Qué hombre no ha soñado con una mujer desnuda pero “entaconada” sobre su cama, bailando un poco de Baby please don’t go?

Las reinas no van en sandalias, tampoco en tenis. Los tacones de aguja son sinónimo de sensualidad, una herramienta de seducción, el complemento perfecto para la silueta femenina. No imagino un “lap dance” en convers ni una pasarela sin tacones. Los de aguja dan elegancia, armonía, altura y soltura al caminar. Sí, gracias a ellos nos vemos más bellas de lo que ya somos y a los hombres no les queda otra alternativa más que admirarnos y desearnos cuando desatamos toda nuestra belleza al andar.

No se ha visto espectáculo alguno en el que la sensualidad femenina esté representada por algo diferente a una mujer esbelta vistiendo “stilettos”, o sin zapato alguno y con la menor cantidad posible de ropa. Son los desnudos, desafortunadamente, los únicos capaces de hacerle sombra al caminar esbelto y agraciado de unas buenas piernas, femeninas, claro está.

¿Qué hombre no busca con los ojos el sonido que producen nuestras piernas? Toc, toc, toc y ellos miran. Los tacones se escuchan en las oficinas, los trenes, el metro, los centros comerciales, las pasarelas, la calle. En todos estos lugares están ellos, los hombres, haciendo lo posible y lo imposible por complacer nuestros caprichos y más íntimos deseos. Sí, porque a las mujeres nos encanta seducir; los zapatos de tacón atraen todo tipo de miradas y eso a las mujeres nos fascina.

Nos gusta tanto el sentirnos admiradas, que gastamos lo que tenemos y lo que no tenemos en vernos cada día un poco más hermosas. ¿Vanidad?, no lo creo.

Yo no creo en las sandalias, los tenis, ni tampoco en las mujeres modernas que usan los mismos zapatos del marido. Prefiero una y mil veces verme estilizada, un poco más alta y mucho más linda. Claro, es que de eso se trata, de vernos lindas. Aunque nos enredemos en el metro, nos cansemos un poco más en la oficina y gastemos un poco más de dinero en los zapatos, todo vale la pena por ese aire íntimo y puro que provocan las miradas desafiantes y el deseo contenido.

Por todo esto y por muchas otras razones los tacones de aguja hacen parte fundamental en mi vestir y en mi diario vivir.