Las Sandalias

Por: Alberto Rangel

Las usaba Jesucristo, no producen pecueca, son baratas y no necesitan medias; van con todo, sirven para ir a la playa o de compras, incluso para ir a caminar. Por eso es que cada día antes de salir de casa, me calzo sin esfuerzo y quedo listo para las batallas de la cotidianidad.

¿Y quién dice que no son zapatos de batalla? No sé bien en qué momento las inventaron, tampoco sé quién fue el afortunado que recibió el primer par ni cómo pasaron a la historia. Pero sí sé que las usaron los romanos, los griegos, los judíos, los indios, los cavernícolas, los hippies, los revolucionarios, los modernos y los vejetes que ya no vemos. Todos ellos pelearon sus batallas.

Tengo sandalias de todos los colores posibles, las uso para ir a la universidad y también para ir a trabajar. Sí, en mi trabajo usamos sandalias porque somos de tierra caliente, de mar y costa, de sol y sombra, de tranquilidad y pocas pasiones a la hora de vestir. También las usamos para ir al estadio, trabajar la tierra, visitar la iglesia y las casas de pecar. Seguro que muchos saltaran diciendo “¡ahí están pintados los caribeños, siempre hablando de fútbol y pecado!”; pero no, no se trata de regionalismos insulsos y faltos de sabor.

En las grandes capitales visten a los niños con sandalias, las compran por docenas en los centros comerciales de Miami y las usan en La Habana si les dan la oportunidad. Las sandalias no indican un lugar de procedencia o una cultura en particular, son sinónimo de comodidad, sencillez y tranquilidad.

Yo uso sandalias donde y cuando quiero. Poco me interesa lo que digan, pero sí la forma en la que me siento cuando el aire da a mis pies con la misma tranquilidad que da en mi cara, cuando siento el fresco del amanecer y el calor de la tarde entrando y saliendo “como Pedro por su casa”. Me gustan las sandalias porque son frescas, económicas, no producen mal olor, se pueden vestir de la forma en que se nos venga en gana y son el único calzado con una historia verdadera. Es el único calzado que usó Jesucristo, al menos en lo que todos sabemos, y es han pasado de generación en generación desde el comienzo de este mundo. Eso ya es mucho decir.

Por esto seguiré usando sandalias hasta el final de mis días, porque con ellas me identifico con nuestro creador, con nuestra historia, con nuestro pasado y con la realidad de nuestros caminos. Porque la única forma real de mantenernos a diario en los planes del futuro es manteniendo viva la estela del pasado; y nuestro pasado se construyó calzando sandalias y manteniendo valores.

Esos mismos valores que cada día vemos más lejanos cuando nos entregamos a las marcas, la moda, el precio y la tecnología, incluso en algo tan mundano y sencillo como lo es el caminar.

Alberto Rangel: Escritor, nieto de mis abuelos e hijo de mis padres. Lo demás lo he ganado con el paso del tiempo y lo perderé con el peso de la muerte. Por esa misma razón estoy aprendiendo a ignorar.