Genet: “Lo que necesitamos, es odio…”

Conocer íntimamente a Genet, es una aventura de la que nadie puede salir indemne. Juan Goytisolo, En los reinos de Taifa.

En 2007, cuando tuve por segunda vez la posibilidad de visitar el Perú con motivo del 5to Festival de Música Contemporánea de Lima, el director del Centro Cultural de España, institución que organiza el festival, me recomendó los libros de Juan Goytisolo. De vuelta en París escogí al azar en la librería Gilbert Joseph, uno de sus mejores libros: En los reinos de Taifa, en el que un capítulo: El territorio del poeta, está dedicado a Jean Genet. La figura de Genet descrita por Goytisolo es reveladora, su narración reconstruye algunos pasajes de la vida de ese personaje transgresor de los límites sociales de su tiempo y nos muestra esa misteriosa coherencia que traspasa los límites de su obra y abarcó todo cuanto lo rodeó.

Los negros –como me pasaría más adelante con otras de sus obras- y la figura de Jean Genet me marcaron profundamente. No pasaría mucho tiempo antes de que hiciera una breve presentación general sobre la ópera de Michaël Levinas que lleva el mismo nombre, basada en el texto de Genet, para la clase de análisis de Claude Ledoux en el Conservatorio de París. Luego Levinas me invitó a hablar sobre Los Negros y Genet en el Centro de Documentación Musical de Paris dentro del marco de las conferencias sobre La Generación del Itinéraire.

Genet fue un artista que nunca se escondió detrás de su arte para evitar las verdaderas batallas, que luchó contra todas las formas de opresión sociales y políticas. Me refiero tanto a su obra como a su vida. Hace unos pocos años, cuando descubrí el mundo de la música contemporánea parisino, sus doctrinas, sus sobreentendidos culturales, experimenté una especie de asfixia: la tendencia a seguir un modelo convenido. El mundo actual de la creación, tibio, dogmático y decepcionante, contrasta con esa imagen combativa y transgresora. Yo siento indispensable la coherencia entre el individuo y su obra, y hoy en día, en su lugar, esta suele encontrarse entre la superficialidad del artista y la de una obra vacía que se repite en bucle.

Jean Genet militó activamente por la independencia de Argelia, estuvo al lado de los Zengakuren en Japón en 1966, en 1968 participó de manifestaciones contra la guerra de Vietnam en Chicago en compañía de William Burroughs y Allan Ginsberg –en el libro Imágenes políticas de Raymond Depardon hay publicada una foto magnífica de Genet entre un grupo de manifestantes durante la convención demócrata de 1968 en Chicago. Esas fueron las elecciones que ganó el partido republicano con Nixon-, en 1970 vuelve ilegalmente a Estados Unidos invitado por los Black Panthers y recorre el país dando numerosas conferencias en favor de los movimientos negros americanos. Vivió varios meses en Jordania con los guerrilleros de la OLP, donde es detenido en noviembre de 1972, considerado como un agitador y expulsado del país.

La época de la escritura de Los Negros ve en Europa el nacimiento de las grandes utopías que llegaron con el fin de la guerra y la descolonización. Esta época ve igualmente el surgimiento de una literatura comprometida en los años sesenta, a la que sin embargo no se puede reducir el teatro de Jean Genet. Se podría decir incluso que el teatro de Genet es una caso aparte en el paisaje literario de la postguerra en Europa, lejos del de Beckett, Ionesco, Adamov, por citar sólo a estos grandes de lo que algunos llaman la “modernidad francesa”. Hay que mencionar que Ionesco dejó el teatro en medio de la primera representación de Los Negros explicando más adelante que se había sentido el único blanco en la sala. También es cierto que el carácter dictatorial de Archivaldo y el clima criminal de Los Negros pudieron aterrorizar a este sobreviviente de uno de los tantos sistemas totalitarios que han azotado al mundo.

Dice Goytisolo, que los autores del momento –Malraux, Sartre, Camus- no le interesaron a Genet ni mucho ni poco.

Los Negros no es un simple culto al crimen o a la violencia. El negro escupe su odio contra si mismo, admite eso que lo desconcierta.  El se atreve, osa reconocer la vergüenza de su autodescubrimiento. Su yo, le asquea. En la obra, con frecuencia, el verdadero lenguaje poético puede llegar a parecer escandaloso. Es una obra de teatro, dentro de otra, donde un grupo de negros actúan para otro grupo de negros con máscaras blancas que representan a personajes del mundo europeo: Reina, Gobernador, Vicario, Dios…, y que juzgan la representación de un crimen con base en la cantidad de rabia con que es cometido: “Lo que necesitamos, es odio. De él nacerán nuestras ideas” nos dice Genet.

El descubrimiento estético es a menudo la transgresión de una modernidad convenida y con frecuencia hace parte de lo inaceptable. No es extraño que el creador se sienta avergonzado de su propio descubrimiento que lo deja fuera del sistema. Je m’apporte, dice Village, quien se revela a sí mismo a través del crimen: el acto creador es al mismo tiempo la fuerza de sobrepasar la vergüenza de eso que Michaël Levinas llama la inadmisible belleza.

No hay en Los Negros una simple inversión de valores: los blancos no tienen el monopolio del crimen. Hay una negación desesperada, una duda sobre el concepto mismo de la identidad –presente también en otras de sus obras como Le Balcon, Les Bonnes, Les Paravents…- que conduce finalmente hacia la trascendencia, el sublime religioso. Es el triunfo del rostro detrás de las máscaras.

Para cualquiera que se interrogue sobre la modernidad de su propia generación –aquella del siglo XXI- a través de esta obra al mismo tiempo anticultural y enriquecida de una cultura literaria francesa, Genet podría significar una verdadera overtura. Y para quien se interrogue sobre lo que debe representar la obra: el artista y su pensamiento, Genet podría representar un verdadero ejemplo de coherencia con su época y el carácter violento e indiferente de los hombres.