Editorial

“No perdamos un día en nuestra principal misión: prepararnos para la guerra y ayudar al pueblo a prepararse para la guerra, porque es responsabilidad de todos” – Hugo Chávez

La verdad es que preferiría una razón simplemente amarga y no una que invitara a la desidia. Es que las relaciones “bilaterales” por este lado del continente deben ser más cálidas y con más corazón que esfuerzo. No han pasado veinte años desde la caída del muro en Berlín y ya hablamos de guerras entre dos pueblos que se aman. Que mal que se siente, no debería ser así.

Los pueblos deberíamos unirnos, amarnos, caminar unos tras otros en pro del mismo objetivo. Más aún si somos tan parecidos, con los mismos sueños, las mismas metas y una similitud innumerable de anhelos comunes. Y no lo digo solo por Colombia y Venezuela, lo digo también por todos aquellos que como nosotros, incluyendo a Palestina e Israel, nos lastimamos sin ningún lucro, siendo cada uno de nuestros actos distantes, una verdadera perdida.

¡Ya basta!, no podemos seguir inculcándole esta basura de política a las nuevas generaciones. Ya basta de propuestas bélicas, ya basta de esa necesidad violenta que carcome a nuestros gobernantes, quienes desde sus más cómodas posiciones deciden sin la más mínima consideración el destino y la vida de millones de personas. Personas que sólo anhelan una vida feliz, en calma y con verdaderos triunfos, los personales.

Los deseos y las victorias del pueblo no son necesariamente la victoria deseada por sus gobernantes: miles de personas que mueren en vano luchando por algo que en verdad no anhelan y no les hace falta.

Nos matamos en nuestros campos, nos matamos en el medio oriente, en las fronteras, en Irak, nos matamos entre hermanos sin entender de razones, cuando nuestras verdaderas necesidades como la educación, salud e igualdad son ignoradas por completo en este mundo bélico y ambicioso que no logramos controlar.

“Nos matamos entre hermanos” nadie se imagina lo que cuesta escribirlo. Nos matamos por colores, por creencias, por tierras que no nos pertenecen. Matamos por igual al vecino que no cree o al primo que piensa diferente. Nos matamos guiados por nuestra ignorancia, por esa ignorancia histórica y cultural que nos inculcan a diario y no se preocupan por erradicar aquellos que nos gobiernan, personas que probablemente no sienten el más mínimo dolor por nuestras penas o los fantasmas que nos acechan.

No nos matemos, no matemos el amor que entre hermanos nos tenemos, no matemos la ilusión que nace en las fronteras, no asesinemos el deseo de un futuro más feliz. Nuestros pueblos tienen toda la experiencia que tiene un viejo para no seguir creyendo que el camino está en las armas, en la guerra, para no entender que nos están usando como carne de cañón y que las razones que nos dan no son realmente importantes para nosotros, que estamos obedeciendo órdenes absurdas de gente que no está dispuesta a cumplirlas.