Ecologistas y fanáticos de la tecnología, abstenerse.

Ha sucedido. No sé si haya marcha atrás, no lo creo. En una de las librerías británicas más importantes de Londres, que se precia por todavía ser, a pesar de su éxito, independiente, me lo encontré. Ahí, expuesto al público, dispuesto para que la gente se acercara y lo tocara; vestido de diferentes formas, unas más atractivas que otras; tomaba su espacio el famoso e-reader, el libro electrónico, tan esperado por ecologistas y fanáticos de la tecnología.

Este aparato de no más de 13 cm de ancho y 18 cm de alto, que muy inteligentemente logra tener una pantalla mate buscando imitar al papel, puede presentarse de variadas maneras, con más o menos funciones, con la única idea de darle al lector la mayor comodidad a la hora de botar los anticuados libros impresos con tinta sobre papel, y pasarse a la última maravilla que no sólo almacena todo el contenido de tu librero para que lo lleves contigo, sino que además te deja hacer la pequeña marca triangular en el borde de la ‘hoja’, la que a tantos nos gusta, para poder volver a su lectura.

Jugando con uno y con otro, me encontré con algo muy sofisticado. Al tocar una palabra me decía cuál era su definición; con un lápiz podía subrayar, y, lo mejor, ¡tomar notas! En esa pantalla que no carga encima la culpabilidad por la muerte de algún árbol, aparecieron como por arte de magia unos trazos que se parecían a los míos.

A mí, no me gusta. Para decirles la verdad, después de unos minutos con lo que parecía una palm extra desarrollada, demasiado grande para cogerla con una sola mano, pero demasiado pequeña para ceñirla con las dos, la inicial prevención con la que me acerqué, sencillamente aumentó más. Ni les voy a hablar de lo que pensé cuando vi esas líneas patéticas imitando mi letra, eso sencillamente me dio un escalofrío.

Aquí es donde las personas que abogan por la tecnología probablemente pensarán en que sería fantástico que se inventara una máquina del tiempo para hacerme el favor de regresarme al año al que pertenezco, el cual pareciera estar bastante alejado del 2009. Los ecologistas tal vez me estarán tachando de poco razonable por preferir menos árboles y más libros, por consiguiente menos oxígeno y más desperdicio.

A los primeros los dejaré para después. A los ecologistas les digo de una vez que a mí también me preocupa el medio ambiente, pero que el papel sin mucho esfuerzo, es reciclable y, con organización, la deforestación de los bosques se puede controlar; a su vez, hacer un proceso de reforestación. Los trabajos que se perderán cuando las librerías, los distribuidores y las imprentas desaparezcan, vaya uno a saber cómo se reemplazarán.

Otra cosa que será muy difícil sustituir es el acceso a la cultura que los libros físicos permiten. Sí, comprar textos electrónicos es más barato que aquellos en papel, el problema es que, en países como los nuestros, la tecnología en sí es costosa y sólo un pequeño porcentaje de la población tiene acceso a ésta. Si el formato del e-reader llega a tener éxito, el precio de los libros aumentará, y será aún más complicados para las personas menos favorecidas económicamente, adquirir este medio de transmisión de cultura y educación.

En cuanto a la maravillosa tecnología, creo que demasiado en todo, es malo. Tener un e-reader en mis manos me transportó a ese escenario planteado en la película de ese tierno robot, Wall-E, el único que valoraba lo humano detrás de los productos y las cosas en medio de un planeta contaminado, no sólo por el desperdicio, sino, sobretodo, por la falta de contacto.

Es triste perdernos de la delicia de sentir las páginas de un libro entre las manos, acariciar su lomo cuando lo cerramos conmovidos por lo que acabamos de leer; es triste no poder leer en un libro el carácter de su dueño no sólo por sus anotaciones y su letra, sino por lo que el trato dado a sus páginas nos puede contar. Qué pérdida no poder asomarse por encima del hombro para ver qué está leyendo la persona que se sentó al lado tuyo en el bus y hacerte el trayecto más ameno imaginando cosas sobre ésta, o quizá encontrando alguna afinidad tan sólo por el título de la lectura.

Espero no caer víctima del libro electrónico, al menos hasta que sea absolutamente necesario, por problemas de espacio, velocidad o practicidad – ya saben, ahora todo tiene que ser rápido y minimalista, sin ceremonias de ningún tipo. El tamaño de mi biblioteca podrá cambiar, así como mis preocupaciones a la hora de entrar a una librería, directamente relacionadas con el peso del equipaje en el momento de mudarme; pero espero que no altere mi aprecio por el contacto, muy sacado del siglo XIX, pero que, desde una simple portada de un texto, llenan mi vida de matices y significados.