Adidas Clásicos

Por: Alfredo Charry

Mi relación con los tenis clásicos de Adidas comenzó a mediados de los noventa en un centro comercial de Cali, Colombia. Para ese entonces yo contaba con 13 años y acababa de llegar, junto con dos de mis amigos, de unas cortas vacaciones en los Estados Unidos.  Recuerdo también que me gustaba mucho Mariana, mi amiga del barrio, y que su papá era quien nos había acercado en su auto hasta el centro comercial. Teníamos planeado ir al cine, comer helados y de pronto alguna que otra pilatuna de las que se le ocurren a uno a esa edad. Éramos niños en proceso de ser hombres viviendo su primera salida en compañía de las niñas mas lindas que habíamos conocido, y sin ningún adulto supervisando.

Aun no entiendo muy bien cómo logramos entrar 3 chicos y 4 chicas en el auto del papá de Mariana, solo recuerdo que en el interior de ese Peugeot 206 ella se veía realmente hermosa. Había usado muy seguramente el perfume de su madre y sobre la blusa se podía percibir, con facilidad, que vestía uno de esos sostenes que aumentan visualmente el tamaño del busto. Su mirada angelical no había cambiado en absoluto con el maquillaje del momento. Esta era mi primera oportunidad para intentar algún acercamiento que me permitiera entrar en su corazón de una buena vez y para siempre.

Al llegar al centro comercial toda nuestra felicidad se vio empañada por la presencia, no planeada, de Alonso, el típico idiota 3 años mayos que nosotros, con su bigotito prematuro, su pelo largo mezcla de rockero barato y Pibe Valderrama, su chaqueta Tommy última colección – con ese calor tan verraco que hace en Cali y este atorrante con chaqueta -, una camiseta de esas de moda, sus pantalones desteñidos y lo más importante de la historia, sus zapatos Nike con varias cámaras de aire incorporadas.

Alonso se nos pegó, dañando de paso, por un par de horas, todos los planes que teníamos para nuestra primera salida; mejor aún, para mi primera salida con Mariana. Recuerdo muy bien que en su afán por arrebatarnos alguna de las 4 niñas que nos acompañaban, y en especial mostrando su interés por la mía, comenzó a burlarse de nosotros en frente de nuestras amigas.

Alonso se hacia el chistoso, soltaba comentarios para nosotros incomprensibles: una rara mezcla de “Cuenta Huesos” y  Casanova. Después de varias horas de aguante, Franco, uno de mis amigos, decidió enfrentarlo y le dijo, con toda la educación posible, que no fuera tan “lamparozo”, que nos dejara en paz y que se fuera con sus amigos grandes porque las niñas que nos acompañaban eran eso, muy niñas para él.

Fue aquel el momento en el que él insolente comenzó a burlarse de nuestra manera de vestir y en especial de nuestros zapatos, los Adidas clásicos que habíamos comprado en vacaciones. Yo, personalmente había traído tres pares, y ahora me sentía realmente estúpido, al ver a este tonto, tres años mayor que nosotros y con zapatitos Nike, reírse de nuestros gustos, y lo que es peor, frente a la niña de mis ojos, pero lo mejor aún estaba por llegar. En un último intento por ofendernos, Alonso dijo que nuestros zapatos no eran los de moda y que “la matita” no se podría comparar con el chulo y sus cámaras de aire.

No había terminado Alonso de comparar sus zapatos con los nuestros, cuando escuché la voz de Mariana decir: “a mí me gustan los zapatos de Alfredo más que los tuyos”. Pagaría por volver a ver la cara de ese idiota otra vez. Para ese momento las otras niñas se habían unido en pro de nuestra defensa y a modo de dialogo casual dijeron: “Son sencillos, clásicos, a la moda, bonitos, no ‘lamparozos’, deportivos, elegantes y, a nosotras, nos gustan”. Al tonto no le quedó más remedio que dejarnos en paz y marcharse a otro lugar.

El lío de los zapatos rompió la barrera de la vergüenza que aún nos separaba a Mariana y a mí. Esa noche la pasamos mejor que cualquier otra noche de mi vida; esa noche y dentro del cine, Mariana y yo nos besamos por primera vez. Dos años después, nos tomamos de la mano y le pusimos el título de “novios” a la relación que nació ese día frente a las idioteces de Alonso. Mariana fue mi primera novia de verdad, mi primer amor.

¿De los zapatos? Recuerdo que los había comprado en vacaciones porque el estilo era simple, el precio accesible, los colores llamativos y, ante todo, porque me sentí bien cuando me los medí por vez primera. Así como ese beso de Mariana que llegó por casualidad, los Adidas Clásicos también me marcaron para siempre, porque al ver al pendejo de Alonso, con su cara de tonto, caminar por la puerta de salida con sus Nike ultramodernos, yo entendí que calzaba mucho más que un simple par de zapatos, eran en realidad mi puerta de entrada a la vida de Mariana.