La ciudad oculta

La ciudad oculta

Por Eva Benítez Ayala

Anoche lo volví a soñar. Me desnudaba tranquilamente delante de un montón de gente extraña hasta que sentí pudor. Eso no me pareció normal puesto que en la vida real no “me corto un pelo” a la hora de enseñar mi cuerpo. Supongo que los sueños, al tratarse de una cuestión psicológica, son tan puñeteros que te hacen ir más allá hurgando en agujeros oscuros.

Me pasa como a Madrid, aparentemente abierta, acogedora, feliz con su cielo desnudo, cada vez más internacional y desinhibida. Sin embargo, cuando duermes dentro de ella empiezas a percibir señales que te hacen sospechar que guarda entre sus calles algo inquietante.

Me interno en la noche para descubrir ese secreto inconfesable. Da igual que sea lunes o sábado, el centro a las 8 de la noche suele estar tan agitado como a las 8 de la mañana. Me pongo encima cualquier cosa y bajo al metro. Nadie me mira la pinta y eso es de agradecer. Para empezar me bajo en Noviciado donde una amiga sin complejos acaba de abrir un sex-shop. No vende mucho aunque parezca mentira; en cambio, la tienda se ha convertido en el punto de encuentro del barrio, donde siempre hay algún colega dispuesto a apuntarse a unas cañas. Mientras el último cliente se decide entre una cinta dominatrix o un tanga de caramelo, sacamos a la luz nuestras miserias laborales, ligues ocasionales y líos mentales.

A las 9 echamos el cierre y nos vamos al bar vecino donde con la caña siempre te ponen una tapa. Antes, pasamos por la Calle del Acuerdo, donde se levanta la fachada multicolor de un colegio abandonado, reducto okupa tomado por los vecinos del barrio que se lo han montado en plan ‘cultureta’ alternativa: lo mismo te arreglan la bici que te organizan un Ladyfest. Me apetece tomarme algo en el bar del cole, antigua sala de profesores con sus sofás rescatados de los contenedores.

Entramos. Está hasta arriba de new grunges y rastas de cualquier nacionalidad. Me asomo al patio rodeado de antiguas aulas, todas llenas de niños universitarios a los que no les apetece seguir creciendo y que juegan a ser profes de samba da rua a cambio de una clase de búlgaro. Nadie sabe por qué tipo de milagro este Patio Maravillas se sigue librando de la especulación urbanística en pleno centro de la ciudad.

En la escalera que sube a la clase del salón de 4ºA me encuentro con una colega de toda la vida que quiere apuntarse a lecciones de canto. –“Sii, ¡yo a guitarra!”. Hacemos planes, pronto formaremos nuestro propio conjunto musical: las Black Cucal o Anti SuperStar. Somos bichos raros, ningún spray químico puede con nosotras. Llevamos años haciendo este mismo tipo de comentarios sobre nuestro grupo imaginario que nunca se materializa, ¿por qué?, mientras solventamos esta duda infinita decidimos ir a algún bar con escenario, en donde algún grupo ya establecido esté dando caña.

Cruzamos San Bernardo y nos plantamos en plena Gran Vía. Son las 11:30. Mucho guiri y gente moderna en el Costello. Pinchamiento muy cool y un camarero enrollado que me hacen olvidar que vuelvo a estar desorientada profesionalmente hablando, que a todos mis ligues les falta un punto de hervor, que nunca seré nadie si sigo parada en la línea 5 del “Metro más moderno de Europa y probablemente del mundo entero”.

-Perdona, sí, ponme una Mahou.

En la parte de abajo del Costello hay una cueva, como en muchos otros bares de Madrid, donde un montón de grupos desconocidos (tantos y tan buenos que las listas de éxitos populares Afive me dan risa): Perro Flaco, Los Embusteros, La Mala Pécora, AntiCucal, intentan abrirse camino en el difícil mundo de la música.

Esta noche podría ser para AntiCucal, una banda de esas que tocan para sus amigos y los amigos de sus amigos sin más intención que matar el gusanillo musical. La cantante, completamente de negro, pelo larguísimo y rubio, susurra algo suave pero con actitud. A su derecha, un tipo calvo, también de negro, está enchufado a un teclado. Al fondo, otra tía de aspecto andrógino, por supuesto de negro y con muchas chapas en la solapa, le da a la batería.

Apenas hay 10 espectadores, sin embargo al grupo parece no importarle ese detalle nimio. Suenan blandengues hasta que en la tercera canción las baquetas se vuelven locas subiendo radicalmente el tono del concierto. De lo que parecía pop melódico ‘facilón’ pasamos al electro-punk obsesivo con momentos rap. Esto se pone interesante. Letras aparentemente intrascendentes sobre animalitos caseros, hormigas, polillas y cucarachas reclamando su derecho a la vida frente a los humanos de a pie que intentan acabar con ellos de cualquier manera con productos agresivos. “Fin a la guerra química. Esto es AntiCucal, la vida no tiene sentido si no luchamos contra el enemigo…”

La cantante, guitarra en mano, nos apunta y dispara tan fuerte que no puedo dejar de mover los pies. Ya casi me he deshecho de los restos de mis incompletos novios y el bolsillo de mi amiga parece florecer invitándome a otra cerveza. AntiCucal no es una banda normal. A mi lado un chico me comenta espontáneamente lo bueno que es este grupo, que está alucinando. Le doy la razón en todo. ‘Colegueamos’, nos pedimos otra cerveza y el camarero nos invita a un chupito de tequila.

Al terminar el concierto, la cantante del grupo se acerca a la barra, una tía tan accesible que no me lo puedo creer. Me cuenta que es de Madrid de toda la vida pero que el resto del grupo es de Vitoria y Málaga; el chico que acabo de conocer es de Ecuador. Aquí en Madrid nadie es de Madrid, excepto yo o alguna rara excepción como la cantante de este grupo siniestro, y eso es lo que hace a esta ciudad tan interesante. Viviendo en la capital española me siento como en el extranjero, sin necesidad de tomar aviones.

Es la 1:30. Mañana no curro y estoy demasiado a gusto como para cerrar la noche. Recibo un mensaje de texto que me salva de volver a casa.: “stoy n un bareto d fuenc, pste a tomar algo”. Mis dos amigas, mi nuevo colega ecuatoriano y la cantante de la banda me acompañan hasta Fuencarral. Cruzamos la Gran Vía, tan viva como al medio día: borrachos, putas, cantantes de grupos siniestros, taxis, chinos vendiendo barato bocatas de chorizo y latas.

En el bar el jefe ya nos tiene calados, así que nos echa de beber, sin preguntar, cervezas acompañadas de unos fritos que nos llenan el estómago. El bareto es cutre de verdad. Un grupo de alcoholizados destroza canciones de la movida madrileña de los 80, las antiguas “Cuatro rosas” de Gabinete Caligari se funden con “Las de la intuición” de Shakira.

No sé cómo ni por qué estoy bailando con un tipo que dice que es poli y lleva dos años viviendo en Madrid. Nos miramos. Me da por besarle. Nos estamos dando el lote en mitad de una pista rodeada de una pandilla de pasadísimos de la vida. Prefiero no mirar el reloj. Acaban de poner algo inaudito: Sevillanas. Braceamos como locos sin parar de mirarnos y sonreír. En mitad del último beso dan las luces, el panorama es dantesco. Descubro que el bar es un verdadero antro que desde su inauguración allá por los 70 no han vuelto a reformar.

Salimos a la calle donde el aire fresco de las 6 de la madrugada se agradece. Me despido del poli, mis amigas hace tiempo que marcharon por motivos laborales. Pillo un taxi.

Me reclino en el asiento de atrás y miro hacia arriba a través de la ventanilla. Las fachadas de los edificios con sus balcones se suceden como en una peli del Cinexin. Podría quedarme eternamente viendo la cinta pasar. No sé donde está el lado oscuro de esta ciudad, pero lo tiene. Aún tengo tiempo antes de que amanezca.

- ¿Qué tal fue la noche?

- Normal, con sus bichos raros pululando de bar en bar.

Llego a casa. Aunque me escondo entre las sábanas se me echa encima la mañana llena de gente formal con trabajos normales de horarios interminables y estúpidas conference calls; hipotecas hasta las cejas y coches enormes atrapados en atascos sin sentido. Siento pánico y cierta vergüenza de no ser capaz de vivir el luminoso día como debería. Deseo dormir. Puede que no despierte hasta la noche que viene.