Toda creación y su creador tienen cabida

Alguna vez alguien me dijo que todo arte tiene cabida y que por eso no se deben encasillar las creaciones, juzgarlas como buenas o malas. Toda creación tiene su espacio y su momento.

Este pensamiento me pareció muy sensato y decidí guardarlo entre las páginas de mi cuaderno de apuntes de filosofía de calle y otras variedades para echar mano de éste en mi vida diaria. A pesar de esto, la página en donde quedó anotado parecía haber desaparecido mientras me preparaba para entrevistar a un grupo de Rap latino radicado en Londres.

Antes de salir camino al lugar de encuentro ya estaba planchando mi mejor toga de juez. Cuando llegué, mientras esperaba en la silla de prepotencia me preguntaba, por supuesto desde mi ignorancia, qué hacia ahí si no era capaz de encontrar ningún sentido a ese tipo de música. Daba tantas vueltas en mi cabeza a las variadas preconcepciones sobre el género y quienes lo cantan, que cada vez más se extinguían las pocas ganas que tenía de hacer la nota y los esfuerzos constantes por mantener la objetividad digna de la profesión.

Sin embargo, me puse manos a la obra sacando mi mejor voluntad. Gracias a eso permití, en la mitad de la entrevista, dejar que algo hiciera ‘clic’ en mí. Entre la maraña de neuronas, algún conector hizo su mejor trabajo y, con aquellas sabias palabras olvidadas retumbando en mi cerebro, ignoré mis prejuicios. De la boca del integrante del grupo que correspondía en mi mente al mal boceto que tenía dibujado de los ‘raperos’, pude entender su lugar,  el por qué de su música, el por qué de ellos, sus vidas y sus comportamientos.

Toda creación artística tiene sentido y sitio. Una intención que, desde que no se disfrace, desde que se mantenga real, y sea hecha a conciencia, tendrá su esfera de acción, su grupo de identificación, su razón de ser; y esto será validado con fuerza.

Sería fantástico no rechazar todo lo que no consideramos aceptable por ser ajeno a nuestras pautas de lo que es o no es. Sería ideal no caer en el proceso intelectualoide de  quien se opone a lo comercial porque genera homogeneización de forma y pensamiento; y termina tipificándose en la diferencia y, aún peor, elevando las creaciones artísticas a una esfera inalcanzable, envolviéndolas en una “alta cultura”, alienándolas y  haciendo creer que son incomprensibles.

Sí, el arte se debe sentir desde lo que se es y se sabe; pero si no se siente, es recomendable hacer un alto y salirse del marco personal y entrar en el del otro antes de invalidar brutalmente, pensando que no vale la pena. Toda creación sí tiene cabida. Si es fiel a sus objetivos, a sus causas y a su proceso, por lo menos ese producto tiene el espacio en la vida de su artífice. Esto es suficiente para que se respete: si no gusta, que no se desprecie.

Lo que digo se extiende a la vida misma. Pasamos los días parándonos desde nuestro propio mundo, que es reducido, y descalificando a los otros porque no somos capaces de ver sus razones, porque nos asusta lo que no entendemos y es más cómodo rechazar que tratar de comprender, de aprender. Perdemos al no captar los por qué de los demás, no sólo en el arte sino en el día a día, porque generamos un ambiente social de discriminación, ridiculez e ignorancia que desemboca inevitablemente en violencia, en la degradación de la persona. Perdemos por negarnos la oportunidad de aprehender todas las potencialidades de la mente del ser humano.