La pérdida de espacios

La pérdida de espacios

Por: Silvia Bargans Ballesteros

La marcha laboral de Londres disminuye y la noche toma poder de la capital inglesa, la gente se reúne para rendir culto a su dios favorito. En los templos locales decenas de personas se dan cita para escapar por unas horas de la monotonía de las oficinas, las exigencias de los clientes, la indiferencia de los londinenses.

Una pinta tras otra: sidra, cerveza. Uno que otro ‘spirit’: gin tonic, vodka lemonade. Vino va, vino viene. ¡Qué mejor ofrecimiento a Baco! No importa a qué tribu se pertenezca, el tributo es siempre necesario y requerido, no sólo por la deidad, sino por sus adoradores. El espacio personal de amigos y colegas disminuye; las conversaciones y relaciones fluyen a medida que fluye el alcohol.

Una vez hechas las ofrendas y obtenidas las gracias de las desinhibiciones, se abandonan los santuarios para comenzar la verdadera fiesta. Alrededor de las 11 de la noche mujeres pájaro salen en grupo de los pub. Sus largas zancas expuestas al frío se apoyan dudosamente en dos agujas tambaleantes, y van en búsqueda del siguiente lugar mientras que por sus picos colorados emiten sonidos agudos que despiertan miradas de aquellos que han ido a cazar.

Londres es la ciudad de lo ecléctico, lo multicultural, las opciones son infinitas. Aquí hay de todo, solo hay que saber qué buscar. Música electrónica, Folk, Indie, Metal, Salsa, 50’s, 60’s, pide la década y la tendrás. Camden, Shoreditch, Soho; Gótico, Punk, Posh,  menciona un estilo y lo encontrarás. ¿El precio? Tan variado como la variedad. El problema no es la falta de opciones, sino el momento de hacer la elección.  Con la decisión ya tomada y el alcohol empujando las ganas, sólo falta llegar. Allí, primero unas visitas más a la barra y ahora sí,  ¡a bailar!

En la pista, un ritual choca con el otro. Mientras la cacería se hace más intensa, las mujeres pájaro contonean sus plumas cortas en su rito de apareamiento, atrayendo al sexo opuesto, con actitud ajena, desentendida. Ellos desempeñan su papel en el juego entre el cazador y la presa. Ellas atraen pretendiendo ignorar que su objetivo es el mismo. De repente las liturgias se confunden y son iguales. Las inocentes aves observan y atacan. Ya no se sabe quién es qué: cazador o presa, atractivo o atraído. El cuerpo y la diversión gobiernan todo.

La temperatura del lugar hace olvidar que se está en Inglaterra. Todo es más caliente: los ánimos, la simpatía. Baco sigue haciendo de las suyas: vaso va, beso viene. Los espacios personales son inexistentes. La pasión engancha a dos desconocidos en una emoción. Los amigos se abrazan, cantan, ríen. El frío de la ciudad y de la gente se expele por los poros y se escurre con el sudor.

Las horas avanzan confundidas. La vista no enfoca a grandes distancias y los pies y las caderas son los encargados de llevar. Se siente el ritmo propio y el de los demás. La música desacelera, las luces estimulan los ojos, las cadencias humanas bajan. Son las 3 de la mañana. Hombres que parecen de dos metros de alto y de ancho envician el ambiente con su mirada hostil. La noche ha terminado, el dios también tiene que dormir.

Algunas de las parejas eventuales se van entre risas y manos. Otras se marchan con un número de teléfono, un beso. Para esa hora, las hay que ya ni son pareja ni son nada. Los amigos toman cada cual su camino, a menos que uno de ellos haya desfallecido entre una bebida intoxicante y otra; o que el cuerpo algo furioso reclame alimento y se deba calmarlo con un perro caliente de la calle, un kebab o comida china de dudosa calidad.

La espera del bus nocturno en medio del frío aclara la mente y recuerda que se sigue en Londres, no en otro lugar. La gente ebria adormecida lucha contra su estado para poder llegar a la casa sin inconvenientes, sin pasarse de la parada, sin ser víctima de los efectos terciarios del alcohol. Una vez en la cama las corrientes etílicas van saliendo del sistema y las barreras de la inhibición y la distancia van tomando su lugar, mañana se volverán a necesitar.