El Fumado

La verdad es una sola y no se puede cambiar. En el mundo de hoy es mucho más fácil conseguir estimulantes alucinógenos, tanto artificiales como naturales, que comprar cerveza después de media noche.  Pero no hablemos en general de alucinógenos, ni mucho menos de drogas fabricadas o modificadas, hablemos en forma exclusiva del uso de la marihuana. El porro, faso, bareto, pito, canuto, caño; en fin, el nombre que le quieran poner al cigarro delgado y húmedo que reposa a escasos centímetros de mi mano al momento de escribir esta nota. Sí, yo fumo marihuana.

Yo fumo marihuana porque me hace feliz, sencillamente por eso. Y esa felicidad no es nociva para la sociedad, no es un peligro para la infancia, no es un daño para el espacio público. El “fumado” no conduce un auto pasando de carril en carril sin precaución alguna ni le pega a la mujer, el “fumado” no busca problemas en los bares, no se va sin pagar la cuenta ni orina en la vía pública. El fumado es un tío tranquilo en la intimidad de su hogar que piensa antes de actuar y no hace nada, léase bien, nada que perturbe su tranquilidad y la de los demás.

El “fumado” se ríe, goza, disfruta, escribe, pinta, canta, habla y escucha. El “fumado” cocina, viaja, imagina, dibuja, compone, goza. Si, goza y goza mucho.

El fumado entiende de razones, es noble de corazón y solo quiere paz. Paz y amor, buena música, buenos libros, una conversación amena y mucha información. El fumado organiza Woodstock y pasa a la historia, escribe un libro, pinta un cuadro, sale a caminar, respira en paz, disfruta del verde exterior, del olor a campo, del agua manantial en las mañanas, de la arena en la playa, del sonido del mar. El que fuma disfruta del amor y lo valora.

Es innegable que la marihuana también produce odios y rencores. Si, los que fumamos no entendemos de guerras y odiamos de corazón  a quienes las producen; no entendemos de masacres y sentimos rencor por el asesino y también por la justicia que perdona. Odiamos de corazón a los que maltratan, hieren y lastiman a la infancia. Aborrecemos de principio a fin las dictaduras, las normas sin sentido, la represión, el castigo injusto y la falta de amor.

¿Cuántas veces escribí del amor? ¿Cuántas veces hablé de paz? Mis padres también fumaron, lo hicieron también sus amigos, que son los padres de mis amigos; sus vecinos, sus compañeros, sus jefes y también sus subordinados. Fumaron los genios de la hipocresía, esos que hoy se atreven a señalarnos y a dictaminarnos como seres perniciosos, diferentes e indignos. Fumó Obama, fumó Bush, fumó Clinton, los monjes budistas, los indígenas del Perú, como muy seguramente lo hizo Gabo en Cartagena y Borges en Paris.

Dicen los hipócritas que la marihuana conduce a otras drogas y que es el primer eslabón en una cadena de adicciones con finales, de manera usual, degenerativos. Ahora, si esos finales “degenerados” es lo que buscan evitar con la penalización al consumo y porte de marihuana, están muy equivocados. Y es que la marihuana sólo produce dependencia sicológica, así como el café, el azúcar, las verduras, la carne y la leche materna.

Yo seguiré fumando mientras esté prohibido. Seguiré pegada a un faso al momento de escribir, al despertar y algunas noches antes de dormir. Yo seguiré fumando mientras el humo delatante de un “bareto” me haga feliz y esos rayos deslumbrantes de alegría se esparzan por los muros de mi habitación y me hagan reír y reír hasta imaginar un mundo con final feliz. Porque al final, eso es lo único que un fumado quiere de verdad, un mundo con final feliz.