El asunto Underground.

El asunto Underground

Por Julián Silva Puentes.

“¿Sabes qué es lo que más me gusta del asunto underground, Santa?”– Preguntó mi amiga Jenny Lázaro hace un tiempo–.  “No sé, dime”  –respondí–.  “Pues hombre, la novedad, la sinceridad, la independencia, ¿sí entiendes?”. “Sí Jenny, te entiendo, comprendo perfectamente lo que quieres decir”.

La verdad, si es que debo ser del todo sincero, no entendí lo que Jenny intentó decirme,  en especial porque, para Jenny, “novedad” es un tipo con un corte de pelo estilo mohicano, jeans apretados y tenis rojos, hablando sin parar de la prosa de William Burroughs y tarareando canciones de Sonic Youth.  Ahora bien, si se entiende por “underground” todo aquello que no debe su razón de ser a un movimiento o corriente popular, las palabras de Jenny tienen sentido, eso lo acepto.  Pero aplicar el término underground es una redundancia en nuestros días de globalización y de lugares comunes.

En primer lugar, el término “underground” se aplicó hace más de cincuenta años para referirse a cualquier manifestación cultural que no contara con grandes corporaciones que facilitaran su difusión masiva, así que no es nada nuevo.  Pero ahora, en estos tiempos, las nuevas tecnologías han facilitado los medios para que podamos acceder a un sinnúmero de manifestaciones artísticas e ideológicas.  De hecho, con el uso de los blogs, miles de escritores y artistas visuales han podido dar a conocer su arte sin supeditarse a las exigencias de un monstruo corporativo, ya que no hay quien controle los medios de información masivos.

Así y todo, nos acostumbramos a llamar “underground” a todo aquello que representa una patada en la cara del mainstream.  Pero yo me pregunto, o mejor, le pregunto a mi amiga Jenny quien, cabe anotar, tiene el coeficiente mental de una ostra: ¿Existe novedad cuando agotamos nuestra capacidad de invención? Me refiero a que utilizamos la misma fórmula una y otra vez, probamos las variantes y alteramos las premisas, pero el resultado es el mismo tanto en Bogotá como en París, Nueva York o Lima. No importa qué idioma se hable, no importa si hablamos de literatura, música o diseño de moda; siempre es lo mismo. La inventiva, eso sí que es “underground”.

Ahora bien, el uso de underground como un adjetivo aplicado a una subcultura, está atestiguado por primera vez en 1953. Se utilizó para designar a los movimientos de resistencia que lucharon durante la Segunda Guerra Mundial contra la ocupación alemana, estableciendo una analogía entre la cultura dominante y los Nazis. A lo mejor, si contáramos con la represión que dio origen al término en mención, nos veríamos en la necesidad de crear contraculturas reales para ejercer nuestra libertad de expresión.  Los Nazis no se encuentran en el panorama, de hecho, su tendencia es ahora “subterránea”, reprimida, contraria a los gustos o pensamientos de la colectividad.

¿Qué pasó con los Beatniks, Henry Miller o con Frank Zappa?¿Qué pasó con el deseo de asesinar a los dioses para imponer un nuevo orden?¿Qué pasó con la actitud Punk? ¡Desaparecieron hombre! Eso pasó. Tenemos toda esta tecnología para llevar nuestras ideas a todo el mundo y, sin embargo, agotamos espacios alabando a nuestros héroes del pasado sin tomarnos el tiempo de analizar aquello que los diferenció de los demás, que los hizo grandes: su voluntad férrea. Hombre, ¡a ver!

William Burroughs, el outlaw literario, publicó su primera novela titulada “Junkie” en el año de 1953, la cual se basó en sus experiencias como raponero de billeteras y heroinómano consumado en la ciudad de Nueva York.  Cultura netamente “underground”, Jenny Lázaro, escúchalo bien: underground. Poco da el valor literario que se le quiera dar a la obra precitada, eso depende del criterio de cada persona, lo que importa aquí es riesgo que se toma al hacer algo que de antemano chocará con el establishment pero que de manera indiscutible afectará a un sinnúmero de personas, cambiando el entorno cultural predominante.

Estoy seguro que Burroughs no escribió semejante novela con el fin de entregarse a la fama, y mucho menos escribió “El almuerzo al desnudo” como una estrategia para hacerse millonario. Es más, haciendo uso del “cut-up”, una suerte de técnica en la cual el texto es recortado al azar y reordenado para crear un nuevo texto, Burroughs rompió con la linealidad de la literatura común, alejándolo de la seguridad comercial imperante en el momento.

En Colombia hemos tenido una serie de trabajos poco convencionales.  Un ejemplo puede ser la novela “Opio en las nubes” del escritor Chaparro Madiedo, quien alejándose del flujo narrativo tan propio de Latinoamérica, se convirtió a fuerza en un trabajo de culto, apreciado por unos pocos.

Pienso que todo el asunto “underground” es más una idea efímera que otra cosa, un encuentro con aquellos días cuando los medios de comunicación controlaban el flujo de ideas. Ahora, dar a conocer nuestras ideas es más fácil para todos nosotros.  Podemos aullar nuestro inconformismo con respecto a lo que sea, no importa lo controversiales que nos creamos, desde la población de Cimitarra, Colombia, ya en cuestión de segundos el mundo en su totalidad se dará por enterado, así de sencillo, con tan sólo un enter y en la comodidad de nuestra casa.

El término “underground” es una contradicción.  Lo utilizamos cuando queremos dar un efecto controversial a nuestras ideas. Pero yo te pregunto Jenny Lázaro: si todos nosotros, la aldea colectiva, nos preciamos de ser subterráneos, independientes, ¿no estaremos haciendo parte de un nuevo mainstream que de una contracultura?