Demasiadas neuronas

Demasiadas neuronas

Por Nicolás Díaz Durana

“Rennes es una ciudad de hippies”. Esto es, claramente, una generalización sin pies ni cabeza; pero es la frase que he elegido como punto de partida para hablar de la vida nocturna de esta ciudad, pues remite claramente al fenómeno del que quiero hablar. Las generalizaciones sin fondo suelen ser útiles para describir situaciones mundanas y de bajo interés.

Antes hay que aclarar que en Rennes, además de los hippies, habitan otros especímenes menos notorios y más dañinos, como los burgueses de alta alcurnia y los obstinados militantes de izquierda. Los primeros no llaman mucho la atención pues succionan la vida nocturna de la ciudad en la comodidad de sus costosos restaurantes subrepticios o en el silencio de sus casas campestres. Los segundos se caracterizan por padecer una condición bastante corriente por estas latitudes: la necesidad compulsiva de protestar prácticamente por cualquier cosa, e incluso – o sobre todo – cuando no se sabe bien por qué; esta es la parte de la población que no sale de rumba porque siempre está en paro.

Los hippies conforman el sector más palpable de la vida nocturna en Rennes y pueden ubicarse entre estas dos tendencias. A estos personajes, la mayoría estudiantes entre los veinte y los treinta años, nunca les han faltado los medios para mandarse hacer las ‘rastas’ en una peluquería de cinco estrellas luego de comprarse una gran variedad de anchos ropajes con los colores de la bandera de Jamaica y, sin embargo, comparten con los militantes de izquierda su rasgo más característico: el no poder dejar de quejarse.

Esto es algo así como una compulsión irremediable, casi una obligación social. De hecho, salir de rumba y no esbozar en algún momento de la noche una queja con tintes políticos, implica el riesgo de exponer a la luz pública una viciosa enfermedad: la total carencia de conciencia social. Aquí en Rennes, es gravísima; incluso terminal. La estrategia para prevenirla es sencilla, esto es lo que usted debe hacer si desea evitarla:

Primero, redacte una lista rigurosa de todo lo que marcha mal en el mundo y prepárese para recitarla con aire de importancia, mientras se fuma veintinueve cigarrillos y se toma seis cervezas de seis euros cada una.

Segundo, reúnase con sus amigos y comience hablando de lo podrido que está el clima (quel climat pourri!), antes de abordar su lista con total confianza en sus palabras, así no conozca el significado de todas, sin olvidarse de citar en todo caso los logros inigualables de la revolución de mayo del 68.

Tercero, ya entrada la noche, alegue que las riquezas están mal distribuidas y que el tercer mundo necesita de más Hugos Chávez, mientras paga con su tarjeta Visa Gold el equivalente a un tercio del salario mínimo colombiano.

Hacia la una de la mañana, cuando los bares cierran, despídase de todos pero no se vaya: asegúrese de quedarse hablando dos horas con otro hippie también inspirado, como usted, por los argumentos políticos de Dionisos. Finalmente, devuélvase a su casa caminando en zigzag, contento de haber invertido su noche en algo útil como discutir sobre cómo salvar el mundo, en lugar de haberla desperdiciado en pasar un buen rato.

Ahora bien, si para cerrar la noche no quiere abordar el tema de la repartición de riquezas, elija otro del vasto cardumen de reincidencias que empaña toda discusión nocturna de Rennes y, en general, de Francia: el presidente, el sistema de salud, el maldito capitalismo, el bendito socialismo, el sucio imperio norteamericano, la situación de pobreza en los países del sur (no importa cuáles, desde que queden en el sur son países pobres), el alza del tabaco y el alcohol, la regularización de los inmigrantes ilegales, la expulsión de los inmigrantes legales de derecha, etc.

Si no sabe qué más decir, vuelva al clima, siempre funciona. El clima de Rennes es difícil de asimilar para los franceses porque no es predecible. Aquí gustan las cosas predecibles, y así es la vida nocturna en esta ciudad.

Si, por otro lado, como yo, no soporta que sus noches de esparcimiento se infecten de política y pretensiones de superioridad moral, vaya a un concierto. Rennes, y la región de la Bretaña en general, ofrece infinidad de eventos en donde la música es el alma de la fiesta. Los géneros que se escuchan en la región están salpicados de herencias celtas fusionadas con elementos contemporáneos. La visita de grandes bandas internacionales no es una sorpresa. En general, la gama de conciertos de alta calidad es muy amplia, y es eso lo que más me gusta de la vida nocturna de Rennes; pero no hablaré más del asunto porque me alejo del tema de esta edición.

Solo diré una cosa más: en los conciertos la cerveza es igual de abundante que en los bares del centro de la ciudad, pero su efecto es más positivo porque aplasta las neuronas en lugar de estimularlas.