¿Nos mudamos al piso de arriba?

El calentamiento global obliga a las plantas y a los animales a migrar a mayores alturas, según un artículo publicado por la revista Science el 10 de octubre del año pasado. Y, ¿a quién ‘carajos’ le importa?, “pues que se las arreglen”, como dijo mi vecino del piso de arriba. Ojalá los árboles pudieran alzarse la falda y empezar a correr hacia el pico de la montaña para evitar la asfixia, pero a estos la naturaleza les dio todo menos movilidad y, para arreglárselas, querido vecino, les toca esperar que su descendencia sea la que llegue arriba mientras el calor les consume las raíces.

La realidad no es otra diferente a que nos estamos cocinando. La tierra está comenzando a bullir y varios se encargan de calcular cuanto. Unos, como el Grupo Intergubernamental sobre el Cambio Climático (IPCC) de la ONU, afirman que la temperatura promedio de la atmosfera se incrementó entre 0,4 y 0,8 grados centígrados durante el siglo XX. La culpa, según el IPCC, es del CO2 que los humanos venimos emitiendo desde la revolución industrial, ya que la concentración de éste en la atmosfera pasó de ser de 0.028% en 1750 a 0.037% en los últimos años.

La contraparte, científicos como Tim Ball, dice que es un ciclo normal que esta esfera debe cerrar. Según los escépticos, el clima está regido por ciclos solares, es decir, el brillo del sol varía en el tiempo, igual al aprecio que le tengo a mi vecino, y como últimamente el sol brilla más, la temperatura se ha incrementado haciendo que el famoso CO2 aumente.

Este ha sido y será un debate de nunca acabar. Se han firmado protocolos como el de Kioto (1997), se han hecho campañas a nivel mundial y hasta promesas que tal vez nunca se cumplirán. Y, ¿a quién le importa? Igual, sólo una minoría, considerada como una manada de aficionados, trata de gritarle al mundo, y a uno que otro politiquero que hace fama a costa del calor del planeta, la seriedad del problema. Este es el mundo en el que me tocó vivir.

Mi realidad no es otra diferente que pertenecer a la especie dominante de la Tierra, desigual de las demás por su capacidad de raciocinio y comunicación desarrollada, la misma que a veces olvida que el espacio que le otorgaron para evolucionar es compartido incluso con organismos que no pueden ser detectados a simple vista y que, muy seguramente, querido vecino, están alistando maletas para mudarse al piso de arriba y hacerte compañía.

El escenario en el que emito CO2 por mi nariz, es un mundo manipulado para saciar las necesidades humanas más básicas y a veces absurdas, un planeta donde son más las aparentes especies recesivas silenciosas carentes de ayuda, que el número de Homo Sapiens dormitando en la tierra. Fuera de eso, me asignaron el papel de protagonista de esta era, pues de los dinosaurios sólo quedaron un par de esqueletos incompletos que se exhiben en los museos de historia natural, y el petróleo que últimamente está causando un déficit notable en mi economía.

A veces pienso que no hacemos parte de la creación perfecta. No estoy diciendo que Dios sea un mal diseñador, aunque con mi vecino sí le faltó un poco de trabajo. Seguramente su cerebro cayó en las manos de un ángel aprendiz que se olvidó de ponerle en la cabeza un bombillo de color verde, mientras Dios andaba ocupado en la Segunda Guerra Mundial. Y, ¿a quién le importa mi vecino? A la mamá seguramente, pero como él hay millones.

El caso es que si nos sentamos a esperar de qué manera solucionan otros el problema, mis nietos terminarán viviendo en un caldero con los del piso de arriba. “Estamos a tiempo de detener la dilatación del mercurio en el termómetro”, dicen algunos, mientras que otros analizan la relación costo-beneficio de las compañías que convierten la esencia cálida de los pastizales en asfaltos fríos y concretos.

La realidad es, entonces, que el planeta azul puede ser un vago recuerdo en la memoria de los extraterrestres que de vez en cuando nos visitan. Ojalá más rápido que pronto, se activen los bombillos verdes en los cerebros de aquellos Homo Sapiens, que parsimoniosamente esperan a que las plantas se muden un piso más arriba junto con los bichos para acompañar a mí querido vecino.
PD. Vecino, como tu bombillo verde se fundió, te llevaré un par que siempre cargo conmigo. Espero que no sea demasiado tarde para encenderlo.