Reconocer a nuestros pares culturales

El estallido de los medios independientes gracias a la comunicación global y el alcance que Internet tiene, se ha convertido en una ventana abierta con miras a cambiar el orden de influencias, ofreciendo una alternativa a las opciones socio-culturales con las que los países dominantes invaden al mercado. El nacimiento de Arte Libertino representa una de esas tantas mirillas por las que los curiosos, los aventureros que traspasan fronteras y aquellos insatisfechos, miran tratando de encontrar algo que los deslumbre, capture, les hable, pero que sobre todo, les guste.

El objetivo de este portal de Internet es dar un espacio al talento hispano, para que la gente tenga la posibilidad de ver algo hecho con nuestro lenguaje, producto y reflejo de lo que vivimos, de lo mestizo de nuestra sangre y lo ecléctico de nuestro pensamiento. A corto plazo se pretende ampliar la rendija, transformándola en una puerta que dé paso a las creaciones pensadas y exploradas envueltas en el castellano.

Podría decirse que el problema principal en la propulsión de la carrera de los artistas, sobre todo los hispanos, es la falta de espacios en los cuales presentarse. Si esto es así, con iniciativas como Arte Libertino, la traba en el desarrollo de la profesión artística empezaría a ser menos problemática. Sin embargo, hay algo más que aqueja al reconocimiento del arte: la falta de explorar lo que nuestros pares culturales  producen.

Hace poco tuve la fortuna de leer la novela Los Ejércitos, del escritor colombiano Evelio Rosero. A pesar de haber recibido numerosos premios, entre los que destacan el Premio Tusquets 2006 y el Premio a Ficción Extranjera 2009 del diario británico The Independent, no era un nombre que tuviera presente o una obra a la que me hubiera acercado en algún momento. Pensé que quizá esto se debía a mi ignorancia, pero charlas mantenidas con varios amigos lectores e informados de la actualidad, me hicieron ver que no era la única que no sabía de su existencia.

Entré en contacto con el autor para escribir un artículo sobre el premio que le otorgó The Independent y él mismo se manifestó acostumbrado a la apatía de sus paisanos en contraste con el buen recibimiento que ha tenido internacionalmente (su novela ha sido traducida a 7 idiomas). Esta declaración, sumada a la confirmación de un empleado de una librería colombiana quien con un tinte de decepción dijo que en Colombia casi nadie lo conocía (ni hablemos de “leía”), me hizo pensar en la fatalidad y pérdida que esto supone para el arte y la sociedad.

Si no fuera porque supe del premio y decidí escribir un artículo sobre éste, quién sabe si hubiera tenido el gusto de tropezarme con frases como: “El silencio también se ve, como el suspiro. Es amarillo, se desliza por los poros de la piel igual que la niebla, sube por la ventana”; y así querer explorar más la escritura latinoamericana contemporánea. Si no fuera porque soy periodista cultural en un medio latino en Londres, quizá me hubiera perdido de tanto talento lleno de contenido e identidad que he encontrado en el mundo del arte hispano.

El artista tiene que buscar la forma de ser publicado, difundido, pero también tiene que tener presente, casi como una obligación o un principio, que debería conocer el trabajo de sus compañeros, apreciarlo, criticarlo, absorberlo, para poder aprender más, hacer un intercambio, y apoyarse mutuamente. Este deber también se extiende a los que interactuamos con el arte desde el banco del observador. De esta manera, reconocemos nuestro propio talento y el de los demás, adquiriendo el criterio suficiente para crear un camino alternativo a lo ya conocido.