El arte del desempleo

Una bocanada de combustible líquido expulsada con la presión del aire proveniente de los pulmones, es necesaria para que John Alexander convierta una llama de fuego en un destello repentino de rojos y naranjas que arden iluminando el cielo. Como si se tratara de la representación misma de aquel dragón de los cuentos de hadas que en su infancia leyó, John, enciende la llamarada de calor que deja a los espectadores atónitos ante el inesperado show. Además de unos pocos disimulados aplausos, el “negrito de los palos”, como lo llaman en la zona donde trabaja, espera ganar unos cuantos pesos para llevar a su casa.

Proveniente de la ciudad de Cali con 23 años,  hace parte del 14.2% de la población colombiana desempleada según el Departamento Nacional de Estadística (DANE), y también, de un desconocido número de artistas callejeros que se toman las aceras capitalinas por igual, día y noche durante todo el año. A diferencia de algunos otros que lo hacen por vocación y convicción, John encontró en los malabares la forma inmediata de ganarse la vida.

“El arte de los palitos chinos lo aprendí en una fundación del barrio. Un argentino me enseñó”, comenta. Y así, desde hace dos años espera a que la luz del día pierda suficiente intensidad para ponerse la camiseta blanca, los jeans, unos tenis color negro, y de esta forma, salir con un par de bastones en su mano derecha y un galón de combustible en la izquierda, a deslumbrar.

“El que llegue primero se queda con el semáforo”, dice. Esta es la dinámica que manejan todos aquellos que se rebuscan la comida con diábolos, cintas, atuendos llamativos y rutinas muy bien preparadas, en las calles de la ciudad. No hay itinerarios asignados, ni filas que hacer para poder actuar. Si su esquina favorita, la de la calle 116 con carrera séptima -en la que se hace más plata según él- se encuentra ocupada, John da media vuelta y busca otra calle cercana que este disponible para iniciar la función.

Los dos factores que pueden impedir el acto del malabarista son los torrenciales aguaceros tan característicos de la capital -pues en Bogotá llueve de 15 a 20 días del mes-, y/o la presencia de la pintoresca Policía de Bogotá. “Si llegan los tombos (término callejero para referirse a los oficiales de policía), nos toca irnos”, comenta. Como si fuera poco, además de pertenecer a un número indeterminable de personas “sin oficio”, John esta violando, junto con los demás malabaristas de la vida, el artículo 80 del Código de Policía de Bogotá el cual contempla que la ocupación indebida del espacio público construido no sólo es un factor importante de degradación ambiental y paisajística, sino que entorpece la movilidad vehicular y peatonal y pone en peligro la vida, la integridad y el bienestar de las personas.

Sin embargo, el gran riesgo en este oficio lo corre la salud de John cada vez que lleva a su boca el combustible con el que crea una intensa y efímera llama de fuego.  Detrás de la asombrosa escena que resplandece hirviente ante los ojos de transeúntes y conductores por igual, no queda más que una paradójica recompensa a la valentía: unos cuantos pesos que pueden llegar a sumar entre 7 y 10 dólares estadounidenses diarios -dependiendo del día-; y una factura de terribles implicaciones físicas, que él por supuesto desconoce o tal vez, quiere desconocer. “Cuando me arde la boca tomo mucha agua”, dice, como si se tratara del único remedio casero al cual recurre cuando el dolor se apodera de una de las más delicadas herramientas de su trabajo. Pero realmente no tiene muchas opciones: John no tiene acceso a un seguro médico que le dé tratamiento a los problemas orales con los que ha tenido que lidiar, el dinero que gana sólo le alcanza para pagar el arriendo, la comida, los servicios, y para enviar un poco de este a su madre que reside en Panamá.

Un  líquido inflamable genera una irritación de la mucosa oral, presentando evidencia de laceraciones que pueden ser manifestadas a través del cambio de color de la mucosa, edema localizado y/o general, o en una tumefacción, que de no ser tratados pueden ocasionar una lesión maligna previa a un estado precanceroso. Con el tiempo, el malabarista de la carrera séptima, puede quemar sus papilas gustativas, perder el gusto, la sensación de dolor y el dominio de la lengua, según Katya Rico, odontóloga de profesión de la Universidad del Bosque en Bogotá.

Un artista por necesidad, un artista del hambre, como escribió alguna vez Kafka. Este es el rol que ha asumido el “negrito de los palos” desde que abandonó las filas del Ejército Colombiano hace tres años y medio para compartir con los artistas por convicción, uno que otro semáforo de Bogotá. Sin duda alguna, John forma parte del batallón de creadores de personajes cómicos, excéntricos, insólitos, silenciosos o ensordecedores que le dan un toque circense a la capital colombiana; son ellos quienes hacen verdaderas piruetas para llevar la comida a sus casas. Artistas de la supervivencia, de la calle, aquellos que han hecho del desempleo un arte.