Gabo y Jattin

Por: Lucas Tejerina

Hace 12 años, dos veces al día, le preguntaba al guardia de la puerta: “¿Está?. No, no ha vuelto”. Entonces me perdía por las calles de la ciudad amurallada. Tiempo después no faltaba quien me dijera: “Ayer lo vi a Gabo, estaba comiendo en Paco”, pero hacía meses que ya no lo buscaba. Entre otras cosas me había servido de excusa para atravesar Colombia de sur a norte en algo más de dos días, haciendo escalas de menos de una hora entre ciudad y ciudad, hasta llegar a Barranquilla. De allí a Aracataca, donde mal dormí en una pieza con techo de chapas de zinc, amenazado por un ventilador que soñé toda la noche a punto de caerse, deseé por todos sus muertos que el cementerio fuera más grande, comprobé que a la iglesia concurrían más pájaros que feligreses, escuché y conversé con dos peluqueros ambulantes, un vendedor de peines y tres aborígenes absolutamente borrachos que habían bajado de la Sierra Nevada a votar, crucé el puente sobre el río que ni el milagro más poderoso del realismo mágico podía volver diáfanas sus aguas y me terminé de desencantar ante un tendedero de venta de toallas con la cara de Mickey.

Tiempo después, en Quito, un ecuatoriano me relataría el mismo desencanto cuando trató de encontrar la literaria Buenos Aires de Borges en la Buenos Aires menemista de la década del ‘90. La genialidad, a qué dudarlo, consiste en hacer algo descollante de una materia tan insulsa. Colombia, de sur a norte, Barranquilla, Aracataca, Cartagena, un primer intento fallido de llegar a Panamá y otra vez Cartagena. Y otra vez frente a la puerta insípida de la única casa cuyo estilo arquitectónico desentona con el estilo colonial de la ciudad amurallada.

Otros nones y otras caminatas. A los veinte años lo mejor que le puede ocurrir al ser humano es estar lejos de su casa, queriendo conocerle la estatura, la categoría, tomarle el calibre y decirle “gracias” a un premio Nobel, comiendo arepas y escuchando propuestas. O al menos a este ser humano, que esto escribe. Yo viajé a Colombia buscando un prosista y terminé conociendo un poeta. A Raúl Gómez Jattin lo conocí en la plaza Santo Domingo. Ya no importa a quién saludó, sé que cantó una canción de Serrat, pidió algunas monedas, ¿dijo algo sobre Gardel…?, y se perdió con su portentosa humanidad cayéndosele a pedazos. Era su ternura, su vida, su pasado y su poco de futuro el que se le venía desmoronando desde hacía años. Sé, porque era vox populi, que él se apagaba luces, cigarros, velas y todo lo que atinara a brillarle, y no sólo a través de sus ojos. Yo lo tenía entre ceja y ceja por sus libros, a los que todas las tardes les dedicaba la siesta en la más alegre y luminosa biblioteca del mundo, la de Cartagena. Así que fue verlo y cerrar círculos.

Y dejar que la rueda ruede. Como cuando niño con la cubierta gastada. De las cinco, seis veces que lo vi, a lo sumo dos cruzamos algunas palabras, nunca hablamos de poesía. Cartagena tiene un buen clima para echarse al abandono. Y Gómez Jattin lo practicaba en todos sus niveles. No era el único, entre muchos otros, sobresalían una pareja de españoles a los que el agite del caribe se les metía por la nariz a toda hora. Ahora no recuerdo si fue él o ella el que murió de un paro cardíaco frente a la puerta del Parque Centenario.

Sí recuerdo que en el centro del parque había una caja gigante de madera que cada tanto se llenaba de boas decomisadas a los vendedores que las ofrecían de noche en la Avenida San Martín, en el barrio de Bocagrande, en la zona de los hoteles cinco estrellas.

Por un puñado de dólares en el caribe tenés zoológico privado. Si uno se queda el tiempo justo, Cartagena tiende a parecerse al paraíso. Yo me excedí cuatro meses en la estadía y la ciudad, sus esquinas, su lenguaje, se me volvieron vulgares, insoportables. Con la vida pasa lo mismo. El tiempo justo. Una mañana de mayo de finales del siglo pasado, en la avenida que no deja llegar el mar a la muralla, no se sabe aún si Gómez Jattin se cayó o se tiró bajo las ruedas de una buseta. Yo prefiero creer que se tiró. Es esta manía, a veces absurda y siempre a contramano, de preferir la dignidad antes que la vida. La vida admite, cada tanto, que uno se caiga bajo una buseta, la dignidad no. Dos cosas me traje de Colombia: esta buena envidia que les tengo por la perfección inalcanzable que han logrado en los insultos, y este amor por las puñaladas que practico de vez en cuando. Casi nunca las puñaladas entran en la carne. La mayoría de las veces hincan donde más le duele al hombre que esto escribe: la imposibilidad de ser lo que se soñó hace 12 años, cuando dos veces al día le preguntaba al guardia de la puerta: ¿Está?.